El amor es la única ley EL BOSQUE DE LAS CONFESIONES
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EL BOSQUE DE LAS CONFESIONES

El bosque, bajo el manto plateado de la luna, ha dejado de ser un simple lugar para convertirse en un testigo.

El aire es denso, cargado con el perfume de la tierra húmeda y la electricidad de sus cuerpos, que aún palpitan tras la tormenta de pasión que acaba de sacudirlas.

Se encuentran sentadas sobre el musgo, apoyadas contra el tronco robusto de un roble centenario; la penumbra las protege, creando una frontera invisible que separa su intimidad del resto de la existencia.

—¿Escuchas eso? —pregunta ella, con la respiración aún buscando su ritmo mientras su mano recorre el perfil de su amante con una lentitud hipnótica—. Es el silencio. Por primera vez, no hay ruido de motores, ni rostros que juzguen, ni expectativas que cumplir. Solo nosotras.

Su amante la observa con una intensidad que desarma, apartándole un mechón de pelo del rostro. Sus dedos, fríos por el sereno, contrastan con el calor volcánico que emana de su piel.

—Es aterrador y perfecto a la vez —responde, bajando la voz hasta convertirla en un secreto que solo el roble escucha—. Aquí no tengo que ser nadie. No tengo que cumplir con el mundo. Solo tengo que ser tuya. ¿Sabes lo que eso significa para mí?

—Lo sé —dice ella, inclinándose hacia adelante hasta que sus labios apenas se rozan—.

Significa que todo lo que he buscado durante años tiene nombre y apellido.

Lo quiero todo. Quiero que no quede ni un solo secreto entre nosotras.Quiero que cuando el sol salga, nos encontremos aquí, exactamente igual: sin nada que nos proteja, nada que nos esconda.

La otra mujer exhala un suspiro tembloroso, aferrándose a los hombros de quien la sostiene como si fuera el último ancla en el mundo.

—¿Entonces es real? —pregunta, con la voz quebrada por la emoción—. ¿Este fuego, esta urgencia...? ¿No se va a apagar cuando volvamos a cruzar la línea de los árboles?

Ella sonríe, una sonrisa cargada de una certeza que atraviesa la oscuridad.

—El fuego ya no es algo que nos pase —susurra, volviendo a atraerla hacia sí en un abrazo donde la carne y el deseo se confunden—.

El fuego somos nosotras. Si el mundo de allá afuera intenta borrar esto, lo quemaremos también.

Quiero que lo recuerdes: todo lo que soy te pertenece.

Y lo quiero todo, sin condiciones. Quiero que este bosque sea la prueba de que, después de tanto buscar, al fin te encontré.