El altar del sacrificio
EL RITO DE LA DESNUDEZ DEL ALMA
Al avanzar hacia la cama, sintió cómo el suelo bajo sus pies dejaba de ser materia sólida para convertirse en el inicio de un abismo dorado.
Su andar era pausado, gobernado por la reverencia que inspira lo inevitable.
Cuando finalmente se arrodilló al borde del colchón, la distancia entre ambas se contrajo hasta desaparecer, transformándose en el lugar más denso y sagrado del cosmos.
Su voz, cuando decidió romper el silencio, no fue más que un susurro rasgado, una vibración subterránea que flotó en la atmósfera como el humo de un incienso precioso:
—Ya no me queda nada que no te haya entregado. He vaciado los sótanos de mi memoria, he quemado los barcos de mi pasado y he puesto mis manos desarmadas sobre tu pecho. Todo lo que alguna vez creí que me pertenecía, ahora lleva tu nombre.
Se deslizó sobre las sábanas, permitiendo que la gravedad y el deseo la empujaran hacia el abrazo definitivo.
Aquella entrega no era una derrota ni un acto de sumisión; era la manifestación más pura y radical de su propia soberanía.
Entregarse de esa manera requería una valentía feroz, la audacia de quien se lanza al vacío sabiendo que la caída es la única forma de alcanzar la eternidad.
Sus dedos, temblorosos pero firmes en su propósito, recorrieron los hombros de la otra mujer, reconociendo en cada milímetro de piel el mapa de su propio destino, el territorio donde su alma había decidido asentarse para siempre.
El altar del sacrificio
He quemado los barcos, los despojos,
las murallas de un tiempo que ya es vano;
no hay refugio en el mundo ni otros ojos
que sostengan el pulso de mi mano.
Caigo en este abismo sin clemencia,
desarmada ante el fuego de tu pecho;
es la soberanía de la ausencia
lo que eleva este templo que he rehecho.
Ya no hay dueño en el alma que se entrega,
ni cadenas que puedan detenernos;
la ley del fuego oscuro nos anega,
en el rito sagrado de perdernos.