Templo ciego
LA CONSUMACIÓN DEL ALBSOLUTO
La habitación ya no poseía las dimensiones de un espacio físico; se había expandido hasta convertirse en un universo propio, una cúpula de penumbra donde el aire vibraba con la densidad del terciopelo y el aroma a jazmines nocturnos.
Fuera de aquellos muros, el tiempo continuaba su marcha mecánica e indiferente, pero dentro, ella había decretado la abolición del segundero.
Solo existía el espacio justo y sagrado para que dos respiraciones se buscaran, se encontraran y terminaran por fundirse en una sola cadencia ininterrumpida.
Ella permanecía junto al lecho, suspendida en un instante de quietud absoluta.
La luz de la luna, filtrada a través de los encajes de la gran ventana, caía de soslayo, dibujando caligrafías de plata y ceniza sobre la piel de su amante, quien aguardaba en el centro de la penumbra como una deidad silenciosa.
En ese rincón del mundo, los ruidos cotidianos se transformaban en un eco lejano y sin sentido.
Todo lo que constituía la realidad se había reducido a la geografía de ese cuerpo ante ella.
Cada gesto de aproximación no era un simple movimiento, sino una ceremonia litúrgica; cada mirada, un verso escrito en el aire; cada caricia, una ofrenda sin condiciones en el altar de una pasión que ya no conocía el freno de la cordura.
Se detiene el reloj, la hora expira,
en este templo ciego de penumbra;
solo el pulso del cuerpo que respira
es la única luz que nos alumbra.
Caen las formas, el tiempo y el olvido,
las distancias del mundo se derrumban;
lo que un día en el fuego fue encendido,
hoy en este silencio se columbra.
Sacerdotisa y templo, fe y condena,
ofrenda de la piel que ya no tiembla;
la ley del alma pura y sin cadena
es este fuego oscuro que nos tiembla.