El amor es la única ley EL ECO DEL SACRIFICO VOLUNTARIO
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EL ECO DEL SACRIFICO VOLUNTARIO

En el epicentro de esa penumbra encendida, el pronombre se transformó.

Al pronunciar "Soy yo", ella no estaba reafirmando su individualidad; estaba firmando el acta de su disolución.

Estaba entregando las llaves de su fortaleza oculta, despojándose de la última armadura que la protegía del mundo.

Decir "Soy yo" en ese instante de fuego y silencio equivalía a decir: tómame, recórreme, destruye mis contornos y reinfúndeme la vida con tu aliento.

Era la abdicación voluntaria de su ego para que el "nosotras" fuera la única verdad que respirara en la noche.

El calor que emanaba de sus cuerpos enlazados comenzó a espesar el aire, convirtiendo la estancia en una fragua donde dos esencias distintas se fundían en una sola sustancia indivisible.

Sus labios buscaron el cuello de su amante con una urgencia que rayaba en la desesperación, un hambre mística que no buscaba saciarse, sino perpetuarse en el incendio.

No había máscaras, no había juicios, no había un mañana que pudiera amenazar la pureza de esa rendición.

Ella se dejó ir por completo, permitiendo que el oleaje de la pasión de la otra mujer la arrastrara hacia el centro del huracán, donde la luz de la razón se apaga para que se encienda, por fin, la luz del absoluto.

El abismo de la entrega

He despojado al aire de mi antiguo nombre,

he dejado en el umbral mi armadura fría,

ya no hay ley ni orgullo que en la sombra asombre,

ni rastro de la noche que antes me cubría.

Soy yo, deshecha en tu mirada pura,

un cauce limpio donde tu agua fluye,

he olvidado el miedo, la quietud, la cordura,

en este sagrado incendio que nos construye.

Toma mi aliento, mi pulso, mi medida,

toma el secreto que en mis venas late,

soy yo, una ofrenda de toda mi vida,

que en el vaivén de tu pecho se debate.

Ya no soy mía, el ego se ha perdido,

soy una sombra que en tu luz se enciende,

el viejo mundo ha quedado en el olvido,

y solo este lazo nuestro nos comprende.

Rendida al rito, al fuego, al movimiento,

mis manos se hunden en tu geografía,

eres mi centro, mi norte, mi alimento,

la única patria que mi alma quería.

Que el universo ignore este momento,

donde el abismo se vuelve nuestro altar,

soy yo, el fuego, el rincón y el aliento,

que en tu entrega total he aprendido a habitar.

Tómame toda, sin tregua ni reserva,

haz de mi cuerpo la casa de tu hoguera,

que en esta noche que el deseo preserva,

mi libertad es ser tu prisionera.