LA PENUMBRA, MI ÚNICO SANTUARIO
Voy a apagar la luz para pensar en ti. Es un acto ritual, una declaración de guerra contra todo lo que no seas tú.
La claridad del día es un insulto, una intrusa que intenta diseccionar lo que solo nos pertenece a nosotras.
Cuando mi mano busca el interruptor, no solo busco la oscuridad; busco la eliminación del mundo.
El "clic" seco que corta el flujo eléctrico no es el fin de la visibilidad, es el inicio de nuestra verdad.
En el instante en que la sombra nos devora, el aire en la habitación cambia; se vuelve denso, cargado de electricidad, saturado de la urgencia de tenerte.
Ya no hay paredes. Ya no hay ciudad. Ya no hay expectativas ni máscaras que sostener ante el juicio de los demás. Al apagar la luz, el universo se contrae y se reduce a este espacio compartido, a esta cama que es nuestra trinchera y nuestro altar.
Me quedo quieta en la penumbra, dejando que mis ojos se acostumbren, pero en realidad no necesito ver.
Te siento. Siento el calor que irradia tu cuerpo a pocos centímetros del mío, una temperatura que me llama, que me reclama.
Empiezo a pensar en ti con una intensidad que casi me duele.
Recuerdo el modo en que tu respiración se quiebra cuando mis dedos rozan la curva de tu cuello, la forma en que te tensas cuando me acerco sin pedir permiso.
En la oscuridad, mi pensamiento no es abstracto; es táctil.
Mi mente recorre tu cuerpo antes que mis manos, trazando el mapa de tu anatomía con una precisión obsesiva.
—Voy a apagar la luz —te susurro, aunque ya estamos sumidas en el eclipse—. Porque necesito que tu imagen se grabe en mi memoria sin la interferencia del color. Porque quiero que cuando te toque, no sea un acto de la vista, sino de la fe.
Me acerco, guiándome por el aroma de tu piel —ese perfume que se ha convertido en mi brújula— y por el sonido de tu pulso, que ahora late al mismo ritmo que el mío.
Cuando finalmente mis manos encuentran tu cintura, el mundo exterior desaparece por completo.
No existe la duda. No existe el "mañana" que a veces nos amenaza.
Solo existe este ahora: la textura de tu piel bajo mis yemas, la suavidad de tu cabello que se enreda entre mis dedos, la manera en que te fundes conmigo en este abrazo que es una promesa y, al mismo tiempo, una entrega incondicional.
Te atraigo hacia mí, acortando cualquier milímetro de distancia que aún pudiera existir.
Es una necesidad física, un hambre que he acumulado durante todas las horas que hemos tenido que estar separadas.
Te busco con los labios, con la lengua, con la desesperación de quien ha encontrado su única razón de ser.
Cada beso en la oscuridad es un juramento secreto.
Cada caricia es un reclamo de propiedad, una forma de decirte que, aunque el mundo crea que nos conoce, nadie sabe quiénes somos realmente cuando estamos a solas, cuando nos despojamos de todo y nos dejamos llevar por este incendio privado.
Te pierdes en mí, y yo me pierdo en ti, en una danza lenta y profunda que ignora cualquier norma.
En la penumbra, ya no hay diferencia entre mi cuerpo y el tuyo; somos un solo organismo, una sola plegaria, un solo gemido que se pierde en la sombra.
Y mientras nos perdemos en este abismo de placer y devoción, sigo pensando en ti, aunque ya te tenga.
Porque incluso teniéndote, mi mente no puede dejar de adorarte, de imaginar cada rincón de tu ser, de celebrar que, a pesar de todo, esta oscuridad es nuestra victoria.
La luz que sobra
Voy a apagar la luz para pensar en ti,
para que el mundo muera y solo quedes tú,
que se borre el afuera, el ruido, el frenesí,
y te conviertas tú en mi única virtud.
En la sombra te encuentro, te dibujo, te siento,
tú eres la paz que rescata mi desvelo,
eres el rastro fiel de todo mi pensamiento,
la tierra que me abarca, la luz de mi cielo.
Voy a apagar la luz para tenerte cerca,
porque en la oscuridad te vuelves infinita,
tú eres la llave, la mano que me acerca,
a esta pasión que en la sombra resucita.
No hace falta la claridad si te tengo aquí,
si al cerrar los ojos te siento en mi piel,
voy a apagar la luz para vivir por ti,
y beber de tu entrega, dulce y cruel.
Que se apague el entorno, que no exista el mañana,
que esta noche sea un siglo de carne y de olvido,
tú eres la única dueña de esta alma humana,
que en tu cuerpo de sombra por fin se ha perdido.
Si la luz nos separa, que sea la sombra el puente,
donde tu boca y la mía se vuelvan un solo destino,
tú eres mi fuego, mi norte, mi sol de repente,
que ha hecho de mi oscuridad el más bello camino.