El amor es la única ley LA PROMESA DEL ALBA
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LA PROMESA DEL ALBA

La luz del amanecer se filtró por los visillos, no como una intrusión, sino como un regalo suave que comenzaba a delinear sus perfiles en la penumbra que aún quedaba.

Ella despertó lentamente, sintiendo el peso reconfortante del cuerpo de su amante apoyado contra el suyo.

La noche había sido un viaje por los abismos de la pasión, y ahora, el día llegaba solo para confirmar que lo que habían vivido era real.

Abrió los ojos y lo primero que encontró fue la luz filtrada, pero enseguida su mirada buscó el rostro de la otra.

Estaba ahí, todavía sumida en un sueño ligero, con una paz que rara vez se permitía mostrar al resto del mundo.

Fue en ese momento cuando la otra mujer se movió, sus ojos se abrieron lentamente y, al encontrarse con los suyos, sus labios se curvaron en una sonrisa.

Fue una sonrisa pequeña, privada, un secreto compartido que iluminó la habitación mucho más que el sol que empezaba a subir por el horizonte.

—Amanecer —murmuró ella, sintiendo cómo el corazón se le expandía— y ver tu rostro sonreír...

Era el cumplimiento de todo lo que habían anhelado.

Escuchar su voz, apenas un susurro rasgado por el sueño, diciéndole un "te quiero" que no necesitaba adornos, fue el ancla que la devolvió a la realidad.

Ya no importaba que el mundo estuviera ahí fuera, esperando a que volvieran a sus vidas, a sus máscaras y a sus rutinas.

En ese momento, sobre las sábanas enredadas y con la luz dorada del alba bañando sus pieles, el tiempo se había detenido.

Se acariciaron con la delicadeza que solo se reserva para las mañanas, cuando el deseo de la noche se transforma en una ternura infinita.

Cada gesto era un reconocimiento, una forma de decir que, aunque la noche les hubiera dado la sombra para encontrarse, la luz del día no tenía por qué separarlas.

Al verla sonreír, al oír su voz confesando su amor, ella supo que, a pesar de los desafíos que el sol traería, no había nada más valioso en el mundo que esa paz compartida.

Era la culminación de su pacto: ser libres, ser ellas mismas y, sobre todo, ser dueñas de ese amanecer que, por fin, les pertenecía por completo.

El alba compartida

Amanecer y ver tu rostro sonreír,

después del rito de la sombra y el deseo,

es el regalo que me invita a existir,

en este mundo donde al fin te veo.

Oír tu voz, apenas un susurro de amor,

un "te quiero" que el alba bautiza al despertar,

se lleva toda duda, todo resto de temor,

y me invita a este día, contigo, a caminar.

La luz nos encuentra en este lecho compartido,

con el alma desnuda, sin velos ni disfraz,

lo que en la noche fue un encuentro escondido,

ahora es luz, es calma, es esperanza y es paz.

Ya no importa el afuera, ni la prisa del día,

si al despertar encuentro tu mirada en la mía,

que la vida nos guarde esta dulce alegría,

de amarnos de frente, con total valentía.