El amor es la única ley EL BAUTISMO DE PLATA Y FUEGO
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EL BAUTISMO DE PLATA Y FUEGO

El lago no era solo agua; esa noche, bajo el influjo de una luna que parecía observar con ojos de testigo antiguo, se había convertido en un abismo de plata líquida.

El silencio no era ausencia de ruido, era una presión física que las obligaba a refugiarse en el único calor existente: el suyo.

La manta, gruesa y áspera, se había transformado en un territorio soberano, un refugio donde la ley del mundo exterior no tenía jurisdicción.

Sentadas al borde del muelle, el frío de la madrugada buscaba entrar, pero ellas lo rechazaban con la inmensidad de lo que sentían. La cercanía era agobiante, deliciosa. Sus respiraciones, cálidas y húmedas, chocaban en la penumbra.

—Júrame —la voz de ella no temblaba; era un hilo de acero que cortaba el aire—, júrame que esta entrega no tiene final. No me hables de mañanas ni de realidades. Júrame que, si el mundo intenta arrancarme de tus manos, lucharás con la misma ferocidad con la que me estás tocando ahora.

La otra la miró, y en sus ojos se reflejaba la luna, fragmentada y salvaje.

Sus manos, ocultas bajo la manta, se movieron con una determinación que no conocía la prudencia.

Comenzaron a recorrer los contornos de su cuerpo, desabrochando botones, buscando la piel como quien busca un tesoro enterrado en el frío.

—¿Quieres un juramento? —su voz era un murmullo ronco, casi un rugido contenido contra el lóbulo de su oreja—.

Te juro que eres mi fin y mi principio. Te juro que prefiero arder en este lago, bajo este cielo, antes que pasar una sola hora de mi vida sin buscarte en la oscuridad.

Eres mi bautismo. Eres el único cuerpo en el que reconozco mi alma.

El beso que siguió no fue un intercambio; fue una colisión.

Fue una reclamación de propiedad que ignoraba la delicadeza de la noche.

Sus lenguas se enredaron con una desesperación que buscaba, más que el placer, la fusión total.

La manta cayó parcialmente, dejando que el aire gélido golpeara sus pieles sudorosas, creando un contraste violento con el calor volcánico que emanaba de sus cuerpos.

Se movieron al ritmo de la marea negra del lago. Cada beso era una marca, cada caricia una sentencia. La otra la atrajo hacia sí con una fuerza que le quitaba el aliento, obligándola a encajarse en su cuerpo, en un abrazo que desafiaba cualquier posibilidad de separación.

—Mírame —ordenó, mientras sus manos, audaces y dominantes, recorrían cada línea de su anatomía con la devoción de quien adora una reliquia—.

Si esto es un pecado, que nos condenen juntas.

Si es un abismo, juremos caer hasta el fondo.

No quiero salir de aquí, no quiero volver a ser quien era.

Júrame, ante esta luna, que esta noche no termina nunca.

Se fundieron en un abrazo que era un nudo gordiano de extremidades y promesas.

Ya no había muelle, ni manta, ni lago; solo había el contacto incandescente de sus pieles, el sabor del deseo en sus bocas y la convicción absoluta de que, en ese rincón de la tierra, habían creado un cielo privado que ninguna estrella podría apagar jamás.

Eran, en ese momento, la única verdad existente en un universo que, para ellas, acababa de dejar de girar.

Ley de fuego

Júrame, bajo el manto de esta luna encendida,

que tu piel es el norte de mi brújula ausente,

que no hay más realidad, ni más clara medida,

que este incendio que brota de un abrazo hirviente.

Te juro ante el lago, testigo de plata,

que mi alma es un templo que solo tú habitas,

que el miedo al mañana, que el mundo desata,

se extingue en la sombra de lo que me dictas.

No busco promesas de un dios pasajero,

busco el rito sagrado de tu boca en mi cuello,

ser tuya en la fiebre, ser tuya en el cero,

ser la llama que rompe cualquier sello.

Que el agua sea el lienzo de nuestro pecado,

que la noche nos funda en un solo latido,

tú eres el abismo que me ha rescatado,

mi única verdad en un mundo perdido.

Júrame que la muerte no encuentra camino

donde este deseo ha dictado su ley;

que nuestro juramento es el único destino:

mi ruina, mi gloria, mi amada y mi rey.