El amor es la única ley ENTRE LA MÁSCARA Y EL DESEO
57%

ENTRE LA MÁSCARA Y EL DESEO

La ciudad estaba sumida en el frenesí del carnaval.

Afuera, la música de los tambores, el bullicio de la gente disfrazada y el aroma a confeti y alcohol creaban una cortina de humo que ocultaba cualquier pecado.

Pero aquí, en el balcón que daba hacia la calle principal, el aire era diferente: cargado de una intimidad que amenazaba con volverse peligrosa.

Ella observaba el desfile con una máscara de plumas y lentejuelas que le cubría la mitad del rostro, un disfraz que, irónicamente, la hacía sentirse más expuesta que nunca.

La otra estaba apoyada contra el marco de la puerta, observándola, sosteniendo dos copas de cristal que tintineaban suavemente con el movimiento de sus manos.

—Mañana... —dijo la primera, sin apartar la vista de la multitud—. Mañana de carnaval. Dicen que hoy todo está permitido, que el mundo se da permiso para olvidar quién es y convertirse en cualquier otra cosa.

La otra se acercó y le puso una mano en la cintura, atrayéndola hacia el interior de la habitación, alejándola del ruido estridente de la celebración.

—El carnaval es una mentira piadosa —respondió, dejando las copas sobre la mesa—. La gente se disfraza para esconder sus sombras, pero nosotras... nosotras no necesitamos máscaras. Lo que sentimos es real, incluso en medio de este caos.

La primera se quitó la máscara, dejando al descubierto unos ojos que ardían con una mezcla de melancolía y hambre. Se giró hacia ella, el contraste entre el bullicio festivo de la calle y el silencio tenso de la habitación era una brecha insalvable.

—Tengo miedo —confesó, y su voz apenas superó el estruendo de una canción que pasaba bajo el balcón—. Miedo a que, cuando la música se detenga y las máscaras caigan, cuando llegue el miércoles de ceniza y la realidad nos obligue a despertar, descubramos que todo esto fue solo parte del juego.

La otra acortó la distancia, sellando sus labios con los suyos en un beso que sabía a vino y a urgencia. No era un beso de celebración; era un beso de refugio.

—Entonces hagamos que esta mañana sea eterna —susurró contra su boca, mientras sus manos comenzaban a recorrer su espalda, trazando líneas de fuego—. No pienses en el mañana, ni en el final de la fiesta. Vive este instante. En este carnaval, tú eres mi única verdad.

Se perdieron en el ritmo de sus cuerpos, ignorando los fuegos artificiales que iluminaban el cielo.

Mientras la ciudad celebraba, ellas construían su propia liturgia de entrega, convencidas de que el único momento que importaba era ese, en el que el mundo entero se desvanecía y solo quedaba el calor de su unión, una mañana que, aunque fuera efímera, se quedaría grabada en su piel como el sello más sagrado de todas sus vidas.

La resaca de un sueño

Mañana de carnaval, luz que se quiebra,

mientras el mundo danza su triste disfraz,

yo busco en tu pecho la calma que celebra,

el único refugio donde encuentro la paz.

Las máscaras caen, el confeti se olvida,

pero tú permaneces, imborrable y real,

eres la herida, la cura, mi vida,

el centro sagrado de este carnaval.

No hay mañana, ni ceniza, ni miedo,

solo este incendio que el pulso nos da,

en tu entrega absoluta, por fin me quedo,

aunque el mundo entero se marche hacia allá.

Que el ruido se pierda, que el sueño termine,

que la fiesta se apague con el nuevo sol,

mi amor es la huella que en ti se define,

mi eterna mañana, mi único control.