El amor es la única ley CATEDRAL DE SILENCIO
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CATEDRAL DE SILENCIO

La habitación estaba suspendida en una calma casi litúrgica.

La luz de la luna, filtrándose entre los visillos, pintaba trazos de nácar sobre la piel desnuda, creando un juego de sombras que parecía detener el aire mismo.

El tic-tac del reloj de pared, antes un intruso, se había transformado en un metrónomo suave, el latido de un corazón compartido que marcaba, no el fin de algo, sino la pulsación de una existencia compartida.

Ella permanecía sentada en el centro de la cama, una figura que parecía esculpida en la penumbra.

La otra, con una lentitud cargada de una devoción sagrada, se acercó y se arrodilló frente a ella, apoyando sus manos en sus rodillas con una suavidad que pedía permiso, aunque ambas sabían que no lo necesitaban.

—Dicen que el tiempo es un ladrón —susurró, con la voz quebrada por una ternura que apenas podía contener—. Que nos arrebata lo que más amamos poco a poco. Pero míranos... en este preciso momento, el tiempo no nos roba nada. Nos está esperando.

La otra inclinó la cabeza, buscando la palma de su mano para depositar un beso tan ligero que parecía un suspiro. Sus ojos, húmedos de un sentimiento que desbordaba cualquier lenguaje, se encontraron en un espejo de absoluta entrega.

—A veces me pregunto si no habré muerto hace tiempo y este es el cielo —confesó, con una voz que era un hilo de seda—.

Porque ninguna vida terrenal debería permitir sentir una paz tan grande, una pertenencia tan devastadora.

No eres solo alguien a quien amo; eres el lugar donde mi alma, por fin, ha decidido descansar.

Se deslizaron hacia la almohada, fundiéndose en un abrazo que no buscaba la prisa, sino el reconocimiento.

Sus cuerpos se entrelazaron con una naturalidad asombrosa, como si hubieran pasado siglos practicando ese mismo encuentro.

No había espacios, no había secretos; solo la respiración sincronizada de dos seres que habían encontrado el fin de su búsqueda.

—No cuentes los segundos —murmuró la otra, acariciando su rostro, recorriendo sus facciones como si estuviera memorizando un mapa para un largo viaje—.

Olvida el reloj. Si el mañana llega, que nos encuentre aquí, siendo una sola cosa, un solo aliento, un solo destino.

Quédate en mí, no por un día, sino por todo el tiempo que este universo nos permita robarle.

En aquel santuario de sábanas y sombras, se perdieron la una en la otra, convirtiendo la noche en una catedral de silencio donde el único dogma era el amor.

La eternidad en tu mirada

El reloj ha olvidado su voz de metal,

se ha quedado sin prisa, rendido a tus pies,

la noche es un manto, un velo abismal,

donde el tiempo se vuelve, por fin, lo que es:

un suspiro infinito, un puente de luz,

un viaje sin mapas donde siempre estás tú.

No busques las horas, no mires atrás,

que el mundo se apague, que pierda el control,

tú eres la calma, la orilla y la paz,

el único centro de mi propio sol.

Que el mañana se invente su propio camino,

que el destino se pierda en su vana ambición,

yo solo decreto mi eterno destino:

perder la memoria en tu respiración.

Somos el tiempo que nunca se agota,

la huella que el alba no puede borrar,

donde cada caricia es la única nota,

de una sinfonía que no ha de acabar.