CONTIGO
La luz del amanecer apenas comenzaba a filtrarse, tiñendo la habitación de un tono ámbar irreal.
No era una luz que invitaba a despertar, sino una que parecía querer fundir los cuerpos que, tras una noche de entrega absoluta, apenas distinguían dónde terminaba la piel de una y comenzaba la de la otra.
El silencio en el cuarto era denso, impregnado de ese aroma a piel compartida y a promesas susurradas en la oscuridad.
Ella se despertó con el peso de los brazos de su amante rodeándola, un anclaje que le impedía moverse, un recordatorio físico de que ya no estaba sola en el mundo.
Se giró con suavidad, rozando su mejilla contra la de la otra, sintiendo la calidez de su respiración contra su propio rostro.
La otra abrió los ojos lentamente, una mirada que no buscaba la luz, sino el refugio de sus pupilas.
Con una mano, recorrió la espalda de su amante, trazando líneas que no buscaban el placer momentáneo, sino la pertenencia.
Sus dedos se hundieron en su piel con una posesión que era a la vez un rezo y una rendición.
—Dime qué me has hecho —murmuró, su voz un murmullo ronco que vibró en el pecho de la otra—. Porque no es solo lo que siento cuando nos tocamos, es la forma en que tu sola presencia cambia mi estructura interna. Eres mi sangre, eres mi cordura y, a la vez, el caos más hermoso al que me he rendido.
Se acercaron hasta que sus bocas, aún entumecidas por la noche, se buscaron con una urgencia que nada tenía que ver con la cortesía.
Fue un beso largo, profundo, donde la ternura se entrelazó con un hambre carnal que se negaba a quedar satisfecha.
Sus cuerpos, lejos de buscar reposo, comenzaron a entrelazarse de nuevo, con la suavidad de quien conoce cada pliegue y cada respuesta del otro.
—Contigo —dijo ella, separándose apenas un milímetro, sus alientos mezclándose en un mismo ciclo—, no hay futuro, no hay pasado. Solo existe este presente que construimos con cada roce, con cada marca que me dejas en la piel. No quiero ser libre si mi libertad significa estar lejos de este fuego.
En la penumbra de la mañana, entre sábanas revueltas y suspiros que llenaban el vacío, entendieron que el romanticismo más puro no es el que se escribe en versos, sino el que se vive en el límite, ahí donde la carne se vuelve espíritu y el deseo se convierte en la única verdad necesaria.