LA FARSA DEL BANQUETE
El restaurante era un hervidero de conversaciones educadas y el tintineo constante de cubiertos sobre porcelana fina.
Ellas ocupaban una mesa arrinconada, protegida por una penumbra que las aislaba del resto de los comensales.
La elegancia del lugar era una coraza; ambas vestían impecables, con sonrisas ensayadas que no llegaban a sus ojos.
Sentada a su lado, en el estrecho banco corrido, la tensión era un ente vivo que las separaba y, a la vez, las unía. No había espacio entre ellas; sus muslos se rozaban, una línea de calor que recorría el largo de sus cuerpos, contrastando con el frío aire acondicionado del salón.
La que estaba a su derecha mantenía la mano sobre el mantel, pero su otra mano, oculta bajo la superficie de la mesa, se había deslizado hasta encontrar el muslo de su compañera, apretando con una intensidad que ignoraba por completo la etiqueta del lugar.
—¿Estás escuchando algo de lo que dicen? —preguntó ella, con una voz que era un susurro ronco, casi inaudible sobre el bullicio—. Porque yo solo puedo oír tu respiración acelerándose cada vez que te rozo.
La otra dejó la copa de vino a medio camino, con la mano temblando ligeramente. Se inclinó hacia ella, sus hombros chocando en un contacto deliberado. Su cercanía era un arma de doble filo; podían olerse, podían sentir la urgencia que la otra ocultaba tras su fachada de calma profesional.
—Es una tortura estar aquí —respondió la otra, su voz cargada de una frustración cargada de deseo—. Estar sentada a tu lado, sintiendo cómo me marcas bajo este mantel mientras el mundo entero cree que estamos cenando cordialmente. Es un juego sucio.
La primera no soltó el contacto. Al contrario, su mano subió un poco más, reclamando, desafiando la compostura de su amante.
—Dilo —exigió con una frialdad magnética—. Dilo mientras sostenemos esta farsa. Dime que quieres salir de aquí, que el lujo y los platos no significan nada comparado con lo que estoy haciendo contigo ahora mismo. Dime que te estoy quemando por dentro.
La otra se giró, buscando su mirada. Sus ojos estaban oscuros, una mezcla de rabia y entrega absoluta. Sus rodillas se presionaron bajo la mesa, buscando una fricción que les diera una salida a esa energía contenida.
—Lo quiero todo —respondió, y el sonido de su voz fue un quebranto—. Quiero que dejes de jugar y que me lleves de aquí. Estoy al límite, y si sigues tocándome así, voy a olvidarme de que hay alguien más en este salón.
El camarero pasó junto a ellas, y por un instante, la mano se quedó inmóvil, estática, dejando que el rastro de calor hablara por sí solo. Cuando se alejó, el contacto volvió a ser voraz, un pacto silencioso de carne que reclamaba el derecho a no esconderse más.
El roce del banco
Cena de gala, de luces y espejos,
el mundo nos mira, no sabe quién soy,
pero a mi lado, tus gestos perplejos,
me queman la sangre en el sitio donde estoy.
Sentada a mi lado, el pulso se altera,
tu piel busca la mía, es un mapa de fuego,
no existe el decoro, no existe la espera,
solo el hambre que arde en este juego.
Dímelo claro, entre el vino y la sombra,
que esta farsa nos duele, que nos falta el aliento,
que el deseo es la bestia que el miedo no nombra,
y que ya no soportas este ocultamiento.
Que me arranques de aquí, que me lleves al caos,
que la mesa se caiga, que la luz se derrumbe,
que no quiero disfraces, ni tiempos, ni lazos,
solo el roce que en mi piel se incumbe.