El amor es la única ley LA HABITACIÓN 402
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LA HABITACIÓN 402

Una de ellas estaba tumbada en la cama, con las sábanas enredadas entre las piernas, mirando hacia el techo. La otra, sentada al borde, se calzaba con una lentitud deliberada, cada movimiento era una herida abierta.

—No quiero irme —dijo la que estaba de pie, con la voz rota por el peso de lo que estaba por ocurrir—. Pero el reloj no se detiene. Este día más que nos hemos robado se está terminando, y siento que si cruzo esa puerta, algo de lo que hemos sido aquí va a morir.

La que estaba en la cama se incorporó bruscamente, el movimiento hizo que la sábana cayera, dejando su cuerpo expuesto en la luz tenue.

Se deslizó hasta ella y le rodeó la cintura con las manos, apretándola contra su cuerpo caliente.

La urgencia era una descarga eléctrica, un deseo que no pedía permiso.

—No me hables de morir —siseó ella, hundiendo el rostro en el cuello de su amante, inhalando su olor como si fuera oxígeno—.

Mírame. Tócame. Olvida el maldito vuelo.

Si tengo que robarle tiempo a la vida, que sea ahora, aquí, piel contra piel, donde el único idioma que importa es lo que nos estamos haciendo.

La otra se giró, dejando caer los zapatos al suelo con un golpe sordo. Sus manos buscaron la piel de su espalda, marcando, reclamando, una intensidad que no conocía límites. No era ternura; era una forma violenta y desesperada de existir.

—Dímelo —exigió, mientras sus cuerpos se fundían de nuevo sobre las sábanas revueltas—.

Dímelo mientras me tienes así. Que este día no fue un error, que este contacto es lo único real que nos queda en un mundo que se deshace.

Que esto no es un adiós, sino la prueba de que no podemos ser nada más que esto.

La otra la besó con una profundidad que cortaba la respiración, un beso que sabía a hambre y a rendición absoluta.

—Es esto —respondió, apretándola tan fuerte que el aire sobraba—. Todo lo demás es ruido. Quédate. No importa el mañana. Quédate hasta que no quede ni una pizca de cordura en ninguna de las dos.

En la oscuridad de la habitación, el tiempo dejó de contarse en horas para contarse en cada roce, en cada marca, en cada suspiro que se convertía en un pacto de carne y deseo.

El pacto de la piel

La piel es el mapa, el único testigo,

el rastro de fuego que el tiempo no olvida,

me quemo en tu cuerpo, me pierdo conmigo,

en esta urgencia, en esta caída.

Un día más, y que el mundo se rompa,

que ardan los relojes, que el sol se haga gris,

tu entrega es la ley que mis miedos corrompa,

el solo destino que me hace feliz.

Dímelo fuerte, en el choque del ansia,

que no hay más futuro que este roce atroz,

que borras el tiempo, que rompes distancia,

y solo me queda el eco de tu voz.

No hay mañana que valga si no estás aquí,

que la carne sea el muro, nuestra salvación,

este día es eterno, lo es porque sí,

y tú eres la sangre de mi corazón.