EL HANGAR DEL OLVIDO
El hangar era una estructura vasta, llena de aviones fuera de servicio que descansaban como pájaros gigantes de metal bajo la luz cenicienta de la tarde.
El olor a queroseno y a metal oxidado llenaba el aire.
Una de ellas caminaba por la pista de aterrizaje privada, sus botas resonando con un eco seco sobre el hormigón.
La otra, sentada sobre el ala de una avioneta antigua, la observaba desde la altura con una mezcla de ansiedad y fascinación.
—He volado miles de kilómetros solo para comprobar si la distancia era real —dijo la que caminaba, deteniéndose justo debajo del ala—. Pero al verte ahí arriba, sigo sintiendo esa lejanía que me quema. Es como si el aire que nos separa fuera, en realidad, un muro infranqueable.
La otra saltó del ala con agilidad, aterrizando frente a ella sin que mediara casi espacio entre sus cuerpos. La diferencia de altura desapareció.
—Sintiéndote lejos, incluso estando a centímetros, entiendo por qué elegí este lugar para vernos —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos, cargada de una extraña intensidad—.
Aquí no hay ruido, ni gente, ni pasado. Solo tú, yo y la sospecha de que este amor se ha vuelto un espejismo por culpa de los mapas.
—Entonces dilo —exigió la que acababa de llegar, su voz temblando por primera vez—. Hazme saber que no soy una sombra para ti. Que todo este viaje, este vacío que siento en el pecho cada vez que me separo de ti, tiene una razón que va más allá de la soledad.
La otra la rodeó con sus brazos, inmovilizándola contra la fría superficie de metal del fuselaje del avión. Fue un gesto posesivo, eléctrico, que dejó de lado cualquier sutileza.
—No eres una sombra —sentenció, acercando su rostro hasta que sus alientos se mezclaron—.
Sintiéndote lejos es como aprendí a reconocer que tú eres mi única realidad.
Este lugar está lleno de máquinas que pueden cruzar océanos, pero ninguna tiene la fuerza de lo que estamos sintiendo aquí.
No hay distancia que pueda sostenerse frente a este momento.
En el hangar, bajo el eco de los motores apagados, el aire se volvió pesado. Entendieron que la lejanía no era más que un entrenamiento para la intensidad del presente.
La pista de las sombras
El tiempo guarda el eco de los cielos,
viejos recuerdos que ya no vuelan más,
y en este suelo frío, sin anhelos,
busco el rastro que ayer tú dejarás.
Sintiéndote lejos, la pista se alarga,
es un desierto de metal y soledad,
mi vida entera, en la balanza, amarga,
espera el vuelo de tu voluntad.
Dímelo claro, que ya no soy sombra,
que el viaje ha valido la pena al llegar,
que este amor es la voz que nos nombra,
la pista exacta donde aterrizar.
No hay distancia que gane, ni norte perdido,
si al fin nos hallamos en este rincón,
todo lo que ha sido, lo que hemos vivido,
se rinde al latido de nuestro corazón.