LA GALERÍA DEL TIEMPO SUSPENDIDO
La galería estaba despojada de sus obras, convertida en un espacio vasto, blanco y silencioso que parecía flotar fuera del tiempo.
La luz de la luna, filtrándose por los tragaluces del techo, bañaba el suelo de parqué con un plateado irreal.
En el centro, las sombras de ambas se entrelazaban, creando una sola figura en medio del vacío.
Una de ellas recorría con la yema de los dedos el lugar donde, horas antes, colgaba un lienzo. Sus manos, antes firmes, ahora temblaban levemente.
—Lo dejé todo —susurró, rompiendo el silencio como quien confiesa un secreto prohibido—.
Mi ciudad, mi rutina, esa seguridad construida a base de años de esfuerzo.
A veces, aquí, en este eco, me pregunto si no he cometido la imprudencia más grande de mi vida.
Si no he quemado los puentes sin saber si al otro lado encontraría tierra firme.
La otra, que había permanecido observándola desde la penumbra, se acercó con una lentitud solemne, casi sagrada.
Sus pasos sobre el parqué sonaban como latidos.
Se detuvo a centímetros, envolviendo a la otra con su presencia, con el calor que emanaba de su piel, calmando el temblor que recorría sus dedos.
—No has quemado nada —respondió con una voz que era, a la vez, una caricia y un voto—. Has hecho espacio. Todo lo que dejaste atrás no eran cimientos, sino estorbos que te impedían ser quien realmente eres frente a mí.
La otra se giró, buscando en su mirada la verdad que tanto necesitaba. Sus ojos reflejaban la luna y, en el fondo, una vulnerabilidad absoluta.
—La gente me llama loca —dijo, con un hilo de voz que apenas lograba sostener—.
Dicen que he sacrificado demasiado por un sentimiento que, para ellos, es solo una sombra.
Afírmame que no estoy errando. Afírmame que todo este vacío que he creado a mis espaldas tiene un sentido, que todo este riesgo de perder mi propia vida por la tuya es, en realidad, mi mayor hallazgo.
La otra le tomó el rostro con ambas manos, obligándola a sostener el contacto, a fundirse en una mirada donde no cabía el miedo.
—Escúchame —dijo, y cada sílaba fue una promesa que transformó el aire del salón—.
Ningún sacrificio es tal cuando lo que se gana es el centro de tu propia alma.
Todo lo que dejaste no es nada comparado con lo que estamos construyendo.
No es una pérdida, es la victoria más pura que he conocido.
Todo por este amor, porque nada de lo que fui antes, ni ninguna de las certezas que tuve, valen un solo segundo de los que nos quedan por vivir.
Se fundieron en un abrazo que borró los límites de sus cuerpos, un abrazo que no pedía, sino que sellaba. En la galería vacía, el silencio dejó de ser una ausencia para convertirse en una plenitud. Por primera vez, no necesitaban marcos ni cuadros; ellas eran la obra, la luz y el destino final.
Afírmame el pulso
Dejé las sombras de lo que era mi vida,
el mapa cierto, la ruta ya trazada,
buscaba una paz que no estaba perdida,
y solo en tu esencia encontré la alborada.
Afírmame el pulso, que todo lo entrego,
que nada me importa, que el miedo se aleje,
en este silencio, en este mi juego,
que este amor sea el faro que al alma maneje.
Afírmame el pulso, que todo lo doy,
lo que fui ayer ya no tiene importancia,
aquí en este espacio, aquí donde estoy,
eres mi norte, mi paz, mi distancia.
Todo por este amor, que llega y se queda,
que cambia los planes y el miedo deshace,
aquí te entrego la vida que me queda,
y en esta certeza, por fin, todo nace.
Las paredes se borran, el mundo se apaga,
somos el lienzo que el tiempo dibuja,
tu luz es el faro, tu voz la que paga,
la deuda del alma que ya no se estruja.