El amor es la única ley EL.DESTINO A MOTOR PARADO
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EL.DESTINO A MOTOR PARADO

El coche estaba aparcado en un mirador, donde la ciudad se extendía bajo ellas como un mapa de luces titilantes, indiferentes a lo que sucedía en el interior de aquel habitáculo.

El aire acondicionado se había apagado hacía minutos, y el calor del verano, cargado del aroma a asfalto e hierba seca, llenaba el espacio, creando una burbuja íntima y asfixiante.

La una, al volante, mantenía las manos quietas sobre sus muslos, mirando hacia el horizonte con una expresión de quien ha tomado una decisión definitiva.

La otra, sentada en el copiloto, no dejaba de observarla, buscando en sus facciones algún rastro de la duda que las había perseguido durante meses.

—A veces me pregunto si esto es real o si solo estamos evitando el momento de volver a la realidad —dijo la del copiloto, con la voz apenas un susurro, mientras trazaba con el dedo el contorno del cinturón de seguridad—.

Tengo miedo de que, al abrir la puerta, todo este sentimiento se disipe como el vaho en el cristal.

La que estaba al volante giró el cuerpo lentamente.

No había rastro de titubeo en su mirada, solo una calma inusual, una certeza que parecía haber encontrado finalmente su cauce.

Extendió los brazos, invitándola a romper la distancia física entre ambas, y la atrajo hacia sí con una lentitud cargada de intención.

—Deja de intentar descifrar el futuro —respondió, estrechándola contra su pecho mientras la otra buscaba refugio en el hueco de su cuello—. Abrázame. No como quien se agarra a un salvavidas, sino como quien llega por fin a casa.

La otra se hundió en el abrazo, dejando que la tensión que había acumulado en sus hombros se desvaneciera. Se aferró a la tela de su ropa, necesitando sentir la firmeza de su pulso, el calor que irradiaba contra su piel.

—Dímelo —insistió con la voz quebrada por la emoción, levantando apenas la vista para buscar sus ojos—. Afírmame que esta vez no es una casualidad. Afírmame que, después de todo el ruido y de habernos perdido tantas veces, el amor ha llegado a nosotras para quedarse.

La otra la rodeó con más fuerza, sellando el abrazo con un gesto protector, un ancla absoluta en medio de la noche.

—Es el amor. Por fin es esto —murmuró, cada palabra resonando como una promesa sellada—. No hay más búsquedas, no hay más caminos inciertos. Quédate aquí, siente que este abrazo es el punto final a todo lo que nos dolía. Es real, es nuestro, y ya no se va a ir a ninguna parte.

En ese habitáculo, rodeadas por el silencio de la montaña, el tiempo dejó de ser un contador de horas para convertirse en un pulso compartido. Por primera vez, no necesitaban arrancar el motor para avanzar; estaban exactamente donde debían estar.

La certeza del abrazo

El motor está frío, la noche nos guarda,

el mundo es un punto, un brillo distante,

aquí donde el tiempo, por fin, no nos tarda,

y somos la calma, somos el instante.

Abrázame fuerte, que el miedo se olvide,

que toda la duda se vuelva ceniza,

que este amor sea el puerto que al alma decide,

la paz que nos llega y nos sintoniza.

Afírmame el pulso, confírmame el cielo,

que esta vez el destino acertó en el camino,

que no hay más abismos, que no hay más desvelo,

que somos, al fin, este eterno destino.

Dímelo claro, entre el latir y el aliento,

que el amor ha llegado y ha echado raíces,

que este abrazo es el centro de todo el momento,

la forma perfecta de hacernos felices.

Ya no hay más preguntas, ni noches en vela,

el amor es la tierra que hoy nos sostiene,

tú eres la paz que mi alma revela,

y este es el abrazo que al fin nos mantiene.