LA LUZ DE LA TARDE
—Desde que decidiste que esto se terminaba, todo se siente distinto —dijo, sin levantar la vista—. Es como si la luz entrara mal, como si el aire dentro de la casa fuera diferente.
La otra se acercó a la ventana y tocó el cristal, sintiendo el frío de afuera.
—Es solo la costumbre. El cerebro se resiste a aceptar que el escenario cambió.
—No es la costumbre. Es que nada es igual. Ni el sol, ni el ruido del tráfico, ni mi propia voz cuando hablo —hizo una pausa, buscando la forma de nombrar ese vacío—. ¿Qué se supone que debo hacer con esta paz, si al final me siento como si me faltara el aire?
La que estaba junto a la ventana se dio la vuelta.
—Tendrás que aprender a habitar ese vacío. No puedes pedirle al tiempo que se detenga para que te acostumbres a mi ausencia.
—No te pido que te quedes —respondió ella, con una nota de amargura—. Solo digo que la realidad es insoportable cuando lo que la sostenía ya no está.
—Pues la realidad es que el tiempo avanza, aunque nosotras nos hayamos quedado detenidas en este adiós.
La luz alterada
Nada es igual, la sombra tiene otro tono,
la tarde se quiebra en cristales de olvido,
busco el sentido y no hallo más que el abono
de todo lo que fue y se ha desvanecido.
El sol entra, sí, pero no calienta el alma,
el aire se agota en el eco de tu voz,
ya no hay refugio, ya no hay calma,
solo el silencio que nos parte en dos.
¿Qué hago yo con esta paz que me pesa?
¿Qué haces tú con el tiempo que no se detiene?
Si el mundo entero parece una promesa
que en el olvido, por fin, se mantiene.
Ya nada es igual, la luz ha cambiado,
la vida transcurre, ajena y fugaz,
te vas con el rastro de todo lo amado,
y yo me quedo aquí, sin luz y sin paz.