EL VACÍO EN EL LECHO
La luz de la luna entraba por la ventana, recortando sus cuerpos sobre las sábanas, pero el espacio entre ellas parecía kilómetros de desierto.
Ella la observaba, intentando encontrar en los ojos de la otra una señal, un reflejo, algo que le confirmara que seguían habitando el mismo mundo.
Pero la otra miraba hacia el techo, con la mirada ausente, como si su mente estuviera habitando una habitación a la que ella no tenía acceso.
—¿Cómo es posible que a mi lado te sientas tan sola? —preguntó, y su voz sonó pequeña, casi rota, en el silencio de la alcoba.
Extendió la mano para rozarle el brazo, pero la otra se apartó con un movimiento imperceptible, una defensa instintiva que dolió más que cualquier grito.
Había una guerra sorda en esa cama: la lucha entre el deseo de estar cerca y la frialdad de una distancia que se había vuelto un abismo.
Ella se entregó, entregó sus sentidos, su destino, su piel, tratando de incendiar ese frío con su entrega, pero el resultado era siempre el mismo: el silencio, la tristeza que no se explicaba, la soledad compartida.
—He dejado mi vida entre tus manos —susurró, con la frente apoyada en la almohada, sintiéndose náufraga—. Y, sin embargo, siento que me has dejado afuera.
La soledad compartida
¿Cómo es posible que entre mis brazos
te vuelvas sombra, te vuelvas nada?
Que se me escapen todos tus lazos
en esta noche tan desolada.
Yo te entregué mis días y mi suerte,
quemé mis naves por tu compañía,
pero en tu ausencia, que es casi muerte,
me niegas todo lo que sería.
Tu piel es muro, tu voz silencio,
y mis caricias ya no te rozan;
busco el secreto, el grave inicio
de estas distancias que nos destrozan.
Dime si esperas a algún fantasma,
si te has cansado de este querer,
que a mi lado el alma se nos pasma
y ya no sé cómo volverte a ver.