El amor es la única ley VÉRTIGO Y PIEL
44%

VÉRTIGO Y PIEL

El aire en el pequeño apartamento, en el piso número doce, estaba cargado con la estática de una tormenta que se acercaba.

Las persianas, entreabiertas, dejaban entrar la luz mortecina de la ciudad, que bañaba sus siluetas en un azul eléctrico.

No había muebles innecesarios; solo el espacio vacío, el suelo de madera oscura y una urgencia que flotaba entre ambas como un animal hambriento.

Ella la acorraló contra el ventanal, obligándola a mirar el abismo de luces de la urbe mientras sus manos recorrían la curva de su espalda.

—No me digas que no —sentenció, su voz apenas un susurro contra el cristal frío—. No queda tiempo para negar lo que nos quema.

La otra mujer se tensó, no por rechazo, sino por el impacto de esa demanda.

El sonido del tráfico, kilómetros abajo, parecía una música lejana que no les pertenecía.

En ese entorno de alturas y vértigo, el deseo se volvió una forma de supervivencia.

Se buscaron con desesperación, chocando una contra otra, despojándose de las capas de civilización que solían cubrir su verdadera naturaleza.

—Dame todo —pidió ella, fijando sus ojos en los de la otra, reclamando cada secreto que aún no había sido compartido—. Dame lo que eres, lo que te quema, lo que guardas para cuando estás sola.

Se desplomaron sobre el suelo, ignorando la frialdad de la madera, volcadas únicamente en el calor que emanaba de sus cuerpos.

En ese aislamiento a gran altura, el mundo exterior dejó de existir.

Ya no eran dos mujeres con un pasado; eran simplemente dos fuerzas colisionando, reclamándose cada centímetro de piel en una entrega que no buscaba futuro, sino la combustión inmediata del presente.

Vértigo en el doce

Dame lo que callas, lo que escondes tras el vidrio,

dame tu frenesí, tu sed, tu amargo delirio,

no niegues el tiempo que esta altura nos reclama,

pues solo existe el ahora que nuestra piel inflama.

Dame lo que eres, el pulso que late en tus años,

dame tus sueños, tus luces, tus viejos engaños,

en este vientre donde las estrellas se buscan,

donde todas las dudas en el vacío se ofuscan.

No me digas que no, que el sol se nos muere,

hazme el amor mientras la ciudad al fin se hiere,

dame lo que sueñas, lo que tu sangre siente,

que solo importa el fuego de este instante presente.