EL VÉRTIGO DE TU HUELLA
El aire en la habitación todavía conservaba una densidad extraña, como si el espacio estuviera cargado por el rastro de su presencia.
Ella estaba sentada en el borde de la cama, con la respiración entrecortada, tratando de estabilizar un pulso que se negaba a calmarse.
La otra acababa de irse, pero el eco de su miradaintensa, casi invasoratodavía le recorría la espalda como un escalofrío eléctrico.
—No quiero ni pensarlo —dijo en voz alta, aunque sus palabras rebotaron contra las paredes sin convicción—. No quiero volver a ese momento.
Pero el recuerdo era un intruso violento.
Recordó la forma en que ella la había mirado, con esa seguridad de quien sabe que posee el territorio ajeno.
Había dicho cosas que, al ser pronunciadas, habían transformado la atmósfera en algo peligroso, algo que la obligaba a perder el juicio.
Fue ese momento oscuro, ese beso donde la razón se entregó y dejó de luchar, lo que ahora la mantenía en un estado de fiebre constante.
Se llevó las manos a la cara. Era un delirio.
Había llegado a un punto de entrega donde ya no sabía dónde terminaba ella y dónde empezaba la otra mujer.
La intensidad de esa conexión no era una caricia, era un incendio que le provocaba vértigo.
Cada vez que intentaba racionalizar lo que sentían, el recuerdo de ese beso la devolvía al mismo punto: al caos, a la pérdida de control, al delirio de sentirse totalmente ocupada por otra persona.
—¿Por qué me haces esto? —murmuró, aunque la habitación estaba vacía—. He llegado a tenerte a tal grado, que hasta el silencio me habla de ti.
Se sentía prisionera de una fiebre que ella misma había alimentado.
No era solo amor; era una embriaguez, una pérdida de los límites que le impedía pensar con claridad.
Renegaba de ese instante, intentaba borrarlo con la fuerza de la voluntad, pero su cuerpo (cada fibra, cada latido)seguía reclamando la misma dosis de esa mirada, de esa cercanía que, a pesar de todo, era lo único que la hacía sentir que estaba viva.
La fiebre del delirio
Me miraste fijo, con esa luz que arde,
y un frío eléctrico recorrió mi calma,
tu voz fue el eco que en la sombra tarde,
me dejó el delirio grabado en el alma.
No quiero pensarlo, no quiero nombrarte,
ni el rastro oscuro de aquel beso cierto,
pero es un castigo querer olvidarte,
si habitas mi mente, si soy tu desierto.
He llegado a tenerte a tal grado conmigo,
que siento que pierdo mi propia razón,
eres el abrazo, el beso, el castigo,
la fiebre que incendia mi pobre obsesión.
Ahora me oculto de lo que vivimos,
negando el instante que me hizo delirar,
pero aunque mil veces nos despedimos,
sigo siendo presa de este recordar.