EL RASTRO DE NUESTRA SOMBRA
El apartamento se sentía vasto y ajeno, una extensión de silencio que ella no lograba llenar.
Caminó por el pasillo, rozando con los dedos las paredes donde antes colgaban los recuerdos de ambas.
Se detuvo ante el ventanal que daba a la avenida, donde la luz de las farolas proyectaba sombras que se alargaban y se contraían, como intentando emular el movimiento de un cuerpo que ya no estaba allí.
—Nosotras—pronunció, y su voz sonó pequeña, casi ajena, en la inmensidad de la estancia—.
Fuimos la sinceridad hecha carne, dos mujeres que se reconocieron en la penumbra y decidieron que el resto del mundo era apenas ruido.
Hicimos de nuestro amor un sol que quemaba lo suficiente como para cegar a quienes nos observaban desde afuera.
Recordó las mañanas de domingo, la forma en que el café sabía distinto cuando compartían el espacio, la manera en que sus manos se encontraban sin necesidad de buscarse.
Habían construido un romance que se sentía divino, una fortaleza de complicidad que parecía blindada contra la corriente del tiempo.
Pero ahora, la estructura de ese "nosotros" se había desmoronado, dejando solo las ruinas de una historia que ninguna de las dos supo cómo sostener ante la fricción de la realidad.
—Después de tanto tiempo —continuó, observando cómo la lluvia comenzaba a lavar los cristales—, después de habernos amado con una ferocidad que rozaba lo sagrado, nos encontramos aquí: separadas por este abismo que no elegimos, pero que habitamos.
Los besos que nos dimos siguen vibrando en mi memoria, y los que nos quedaron pendientes son ahora el peso que no me deja avanzar.
Se dejó caer en el sofá, cerrando los ojos para intentar reconstruir la calidez de su amante.
Sentía la envidia de aquellos que nunca conocieron tal intensidad, pero esa envidia no era consuelo.
La verdad era más fría: habían llegado a un nivel de unión tal, que la separación no era solo un alejamiento físico; era una fractura en su misma identidad.
Ahora, incluso en la ausencia, el rastro de la otra mujer permanecía impregnado en la casa, en el aire, en el eco de sus propias palabras, confirmándole que, aunque ya no hubiera un "nosotras" que pudiera tocarse, el legado de ese amor era una sombra que las seguiría a donde quiera que fueran.
Grabado en la piel
Nosotras, que fuimos el pulso y la entrega,
que hicimos del tacto una ley absoluta,
hoy vemos la sombra que al fin nos despliega,
dejando el vacío en nuestra misma ruta.
Fuimos el sol, un romance divino,
que todos miraban con honda envidia,
pero el mismo azar que trazó nuestro sino,
nos dejó en los restos de esta desdicha.
Después de los besos que ya no tendremos,
de aquello que el alma guardó en su altar,
nos queda el recuerdo de lo que seremos,
aunque ya no haya manos que unir al pasar.
Estamos tan lejos, mas no nos olvidamos,
divididas por este destino que ha sido cruel,
seguimos unidas por lo que dejamos,
grabado en la sangre, grabado en la piel.