El amor es la única ley LA MEDIDA DE LO IRREPETIBLE
40%

LA MEDIDA DE LO IRREPETIBLE

El piano en la esquina del salón emitía un sonido metálico, desafinado por los años de abandono.

Ella estaba sentada frente a las teclas, pero no tocaba; sus manos simplemente descansaban sobre el marfil, como si estuvieran esperando que el resto de la música regresara por sí sola.

La habitación estaba sumergida en la penumbra de una tarde de domingo, esa clase de tarde que parece alargarse indefinidamente cuando uno se queda solo con sus pensamientos.

Al levantar la mirada, se encontró con su propio reflejo en el espejo de pared a pared. No buscaba verse a sí misma, sino buscar la sombra de la persona que solía ocupar el espacio a su lado.

—Dicen que el amor es pasajero —dijo, rompiendo el silencio, su voz apenas un susurro que se perdía entre los muebles antiguos—.

Que el tiempo se encarga de diluirlo todo, de suavizar los bordes hasta que la herida deja de sangrar.

Pero se equivocan. El amor, cuando se vive como lo vivimos nosotras, no se diluye; se vuelve una geografía interna.

Se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia comenzaba a caer sobre los cristales, un golpeteo rítmico que parecía marcar el pulso de su propia melancolía.

—No se trata de posesión —continuó, trazando una línea con el dedo sobre el vidrio empañado—.

Se trata de la entrega. Me diste lo que nadie más será capaz de ofrecerte, no porque no quieran, sino porque no saben cómo.

Mi amor fue una religión, un compromiso que no pedía permiso, un riesgo que corrí sin mirar atrás.

Y hoy, al saber que ya no estás, no me duele el vacío, me duele la certeza de que nunca nadie te va a amar con esta intensidad absoluta.

Se quedó ahí, observando cómo las gotas se deslizaban hacia abajo, fundiéndose en el alféizar.

Entendió entonces que su amor no había sido un error, ni una pérdida; había sido un evento único, una fuerza de la naturaleza que había dejado una huella indeleble en su alma.

Y, a pesar de la ausencia, a pesar del silencio que inundaba la casa, sintió una extraña paz al reconocer que ella había dado todo, sin reservas, sin miedo, convirtiendo su existencia en el testimonio de un sentimiento que no conocía medida.

La marca del fuego

Como yo te amé, no existe más registro,

no habrá otra mano que te busque así,

en este amor que fue nuestro ministro,

y que dejó mi vida prendida de ti.

Ni el sol, ni el viento, ni el paso del tiempo,

podrán replicar lo que un día encendimos,

fuiste el principio, el final, el momento,

el único cielo que juntos vivimos.

Te amé con miedo, con alma, con todo,

buscando en tu ausencia mi propia razón,

cavando en la sombra, rompiendo el lodo,

para guardar tu nombre en mi corazón.

Que nadie pretenda medir lo que dimos,

que nadie se atreva a igualar la lealtad,

pues fuimos la historia que más decidimos,

y hoy, en tu sombra, hallo mi verdad.