El amor es la única ley EL PESO DE LA AUSENCIA
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EL PESO DE LA AUSENCIA

La luz de las cinco de la mañana se filtraba por las persianas, dibujando rayas de polvo dorado sobre el suelo de madera.

Ella estaba sentada frente a su tocador, rodeada de espejos que multiplicaban su soledad.

Sobre la mesa, un pañuelo dejado atrás y un frasco de perfume vacío eran los únicos restos tangibles de una presencia que ahora se sentía como un fantasma.

No era un adiós reciente; era la ausencia que se había convertido en la única compañía. Ella observaba el reflejo de la habitación, buscando en los ángulos de los espejos el rastro de la persona que solía habitar aquel espacio, pero solo encontraba el vacío que ahora se extendía por toda su vida.

—Ya no estás —susurró, y el sonido de su propia voz le resultó extraño, casi invasor—. Y sin embargo, cada rincón de esta casa tiene tu huella. Es como si te hubieras ido, pero me hubieras dejado encerrada en la historia de lo que fuimos.

Cerró los ojos, intentando evocar el calor de unos besos que habían sido, en su momento, su única religión. Recordó la calidez de aquel refugio y, al mismo tiempo, el frío glacial que la invadía ahora al no poder alcanzar esa misma sombra.

—Me enseñaste lo que era el bien y lo que era el mal —dijo, abriendo los ojos y mirando fijamente su propio reflejo, que parecía el de una desconocida—.

Me diste la luz, la única que conocí, y después, con la misma facilidad, la apagaste.

¿Para qué me sirvió todo ese amor si al final el saldo es esta oscuridad?

Se levantó del taburete y caminó hasta la ventana, abriéndola para dejar entrar el aire frío del amanecer.

La ciudad empezaba a despertar, indiferente al naufragio que ocurría tras esas paredes.

Sintió que la vida, privada de la otra persona, se reducía a un ejercicio mecánico, una espera sin esperanza.

Era, en efecto, la historia de un amor que le había revelado la plenitud para luego condenarla a la sombra más absoluta.

El museo de las sombras

Ya no estás, y el silencio se vuelve arquitectura,

una casa de espejos donde habitas todavía,

soy prisionera de tu sombra, de tu antigua luz pura,

que iluminó mi vida y se llevó mi compañía.

Fue un amor de otra estirpe, una historia sagrada,

que me enseñó los cielos y los fuegos del infierno,

hoy camino a oscuras, por la noche desolada,

buscando en los recuerdos el abrazo que es eterno.

Adorarte fue el rezo que mi alma sostenía,

ahora es solo el eco de una voz que ya no llama,

¿qué me queda de la vida, qué me queda todavía,

si el frío ha sustituido el calor de nuestra llama?

Es la historia de un amor que no conoce el olvido,

que me deja la herida, pero también la verdad,

de que fuiste mi todo, mi norte y mi sentido,

y hoy solo me acompaña esta inmensa soledad.