EL INSTANTE ABSOLUTO
El estudio estaba en penumbra, apenas iluminado por el resplandor de una ciudad que se negaba a dormir.
Ellas dos estaban allí, en medio de un silencio que no era vacío, sino una espera contenida.
No se trataba de una historia que empezaba, ni de una que terminaba; era el momento exacto en el que el resto del mundo dejaba de existir, dejando solo el brillo de esa esperanza que por fin alumbraba el camino de su soledad.
Ella, apoyada contra el marco del ventanal, observaba a la otra mujer como quien contempla una revelación. El aire vibraba con una inquietud dulce, una expectativa que quemaba la garganta.
—He pasado tanto tiempo intentando descifrar el mundo —dijo ella, su voz apenas un susurro que se perdía en los rincones de la estancia—, buscando piezas que encajaran en lugares que no estaban hechos para mí. Pero ahora, viéndote, entiendo que todo aquello era solo el preludio.
La otra mujer se acercó, sus pasos sobre la alfombra apenas audibles, y se detuvo lo suficiente cerca para que el calor que emanaba de su piel fuera una caricia. —¿Por qué dices eso? ¿Acaso sientes que esto no podrá volver a ocurrir? —preguntó, con una intensidad que le arrebataba el aliento.
—No es que no pueda ocurrir —respondió ella, inclinándose para que sus frentes se rozaran, un gesto cargado de una solemnidad absoluta—, es que no debe.
Siento mi alma entregándose con una inquietud que no reconoce límites.
Y sé, con una certeza que me asusta, que esto será la última vez.
No porque se acabe, sino porque ha alcanzado su plenitud.
Ha sido una sola vez, nada más, y esa es precisamente su victoria.
La otra mujer cerró los ojos, dejando que la confesión se asentara entre ambas como una verdad innegociable. —Me das miedo —murmuró—. Porque al decir eso, conviertes este instante en un altar. Me haces sentir que después de esto, cualquier otro roce será un eco sin sonido.
—Eso es precisamente el regalo —respondió ella, entrelazando sus dedos con los suyos—. Que ya no buscaremos nada más. Que la esperanza que tanto nos eludió ha encontrado su huerto en este preciso instante. Ya no tengo que buscar el camino, porque el camino se ha vuelto tú.
El resto de la habitación se desvaneció. En ese punto de encuentro, la entrega no era una promesa de futuro ni un lamento por el pasado; era la realización completa de una vida que, al fin, encontraba su único y definitivo propósito.