El amor es la única ley LA URGENCIA DE LA PIEL
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LA URGENCIA DE LA PIEL

La atmósfera en la habitación era un campo magnético donde cualquier distancia parecía una ofensa.

Ella ya no pedía; exigía, con la voz cargada de una necesidad que quemaba.

No había tiempo para juegos sutiles ni para pausas innecesarias; la canción que sonaba de fondo era el eco exacto de lo que su sangre dictaba en ese momento.

—Dame todo lo que tienes —susurró, mientras sus manos recorrían con una mezcla de desesperación y dominio la silueta de su amante—. No me guardes nada. Quiero el fuego, quiero la luz, quiero que esta noche no sea un paréntesis, sino la única realidad que nos importe.

La otra la atrajo hacia sí, sintiendo cómo el roce de sus pieles encendía una hoguera que ya no buscaba moderación.

—Haz conmigo lo que quieras —respondió, con la voz apenas un hilo, mientras se entregaba a la corriente de placer que comenzaba a inundar cada rincón de la estancia—. Soy tuya, desde el primer aliento hasta el último. No hay destino que no quiera recorrer si es a tu lado.

En ese intercambio, "dame" dejó de ser una palabra y se convirtió en una rendición absoluta.

Cada caricia, cada beso, cada suspiro era una forma de reclamar a la otra como posesión, como refugio, como el único fin posible.

El mundo exterior era una sombra irrelevante frente a la intensidad del fuego que ambas, en esa entrega total, habían decidido encender.

Reclamo tu aliento

No pido permiso, reclamo tu aliento,

dame el incendio que escondes tras la calma,

cada latido, cada presentimiento,

dame la vida, entrégame tu alma.

Siente mis manos grabando tu historia,

que el tiempo se rompa, que el pulso se pierda,

no existe más cielo que esta trayectoria,

ni otra verdad que esta piel que me acuerda.

Dámelo todo, que el mundo se apague,

tú eres mi centro, mi eterno naufragio,

deja que el deseo su sed desahogue,

y seamos, por fin, nuestro propio presagio.