TÚ Y YO
La atmósfera se volvió densa, cargada de una electricidad que hacía vibrar la piel al mínimo roce.
Aquí, la realidad exterior se disolvió en un suspiro, dejando que la penumbra de la habitación se convirtiera en un refugio donde solo existían dos cuerpos, dos almas y una urgencia que no admitía dilaciones.
El contacto fue inevitable, una colisión de voluntades y pieles que buscaban, por fin, desdibujar la línea que las separaba.
—¿Sientes cómo el mundo entero se nos deshace entre las manos? —susurró una de ellas, con los labios rozando el cuello de su amante, mientras sus dedos se enredaban en su cabello con una desesperación devota.
La otra cerró los ojos, dejando que la cabeza cayera hacia atrás, entregándose por completo al rastro de fuego que los besos de su compañera trazaban sobre su piel.
No hubo respuesta verbal, solo un gemido que se ahogó en la boca de la otra, una fusión de alientos y deseos que dictaba el ritmo de esa noche infinita.
Sus manos se movían con la pericia de quien recorre un territorio sagrado, memorizando cada curva, cada estremecimiento, como si buscaran tatuar su propia esencia en los poros de la otra.
—Que se pierda todo —respondió la primera, con la voz rota por una intensidad que ya no podían contener—. No me importa lo que quede fuera de estas paredes. Aquí dentro, te respiro y me pierdo. Siento que me estoy convirtiendo en tu sangre, en tu pulso, en la única verdad que me queda por habitar.
El ritmo de sus corazones se acompasó, transformando la habitación en un santuario de sudor y entrega absoluta. Cada caricia era una confesión sin palabras, una prueba de que, en ese momento, el placer era la única forma posible de adoración.
—Es que ya somos una sola —murmuró la amante, trazando con la punta de la lengua una línea invisible desde su hombro hasta el corazón, allí donde el latido era más salvaje—.
Toda mi vida ha sido una espera silenciosa para este momento, para este incendio que solo tú logras provocar en mí.
Como si todo lo anterior hubiera sido solo el prólogo para este instante.
—Entonces, no te detengas —suplicó, entrelazando sus dedos con los suyos mientras sus cuerpos se fundían en una arquitectura de deseo inagotable—.
Ámame hasta que no quede rastro de quiénes éramos cuando estábamos solas.
Quiero ser tuya, en cada átomo, en cada segundo, hasta que el tiempo mismo se rinda ante nosotras.