El amor es la única ley EL PESO DE LA PROMESA
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EL PESO DE LA PROMESA

La escena ocurre en una terraza, al amanecer. Una de ellas observa el vacío; la otra, su confidente, intenta traerla de vuelta a la realidad.

—¿Vas a seguir así? —pregunta la confidente, rompiendo el silencio—. Llevas meses viviendo como si el tiempo se hubiera detenido en aquella última puerta.

—No es que se haya detenido —responde ella, con la voz firme, sin girarse—, es que decidí que no necesito que avance. La gente cree que amar así es una tragedia, pero es la única verdad que me queda.

—Pero ella ya no está. Está con alguien más. ¿De qué sirve prometer amor "hasta el fin" si no hay nadie al otro lado para recibirlo?

—Es que no lo hago por ella. Esa es la parte que tú no entiendes.

Esta promesa es conmigo misma. Si dejo de amarla, ¿qué queda de mí?

¿Qué queda de la intensidad que nos definió?

Prefiero vivir en este "hasta el fin" que aceptar una vida donde mi corazón se apague simplemente porque las circunstancias cambiaron.

—¿Y si el mundo sigue girando y tú te quedas estancada en ese recuerdo?

Ella finalmente se gira, con una sonrisa triste pero serena:

—Entonces habré vivido siendo fiel a algo real.

No todo el mundo puede decir que amó con la fuerza suficiente como para que el resto del mundo dejara de tener importancia.

Para mí, el fin del mundo no es un evento astronómico.

El fin del mundo es el día en que deje de sentirla.

Y te aseguro que ese día está muy lejos.

La dueña de la espera

Si el mundo sigue girando sin pedirme permiso,

si el sol se empeña en salir cada mañana,

yo seguiré habitando este mismo compromiso,

esperando tu sombra tras la misma ventana.

No es locura, es una forma de ser eterna,

es guardar el fuego donde el frío se instala,

una apuesta firme, una luz interna,

que ni el tiempo agota, ni el olvido escala.

Que besen otros labios tu piel de seda,

yo me quedo con el eco de tu nombre aquí,

porque mientras mi último aliento suceda,

te estaré amando, amor, hasta el fin.