LA VIGILIA DEL RECUERDO
Ella observa la ciudad desde la altura, el horizonte recortado por las luces que parpadean como estrellas artificiales.
El apartamento ha conservado el aroma de los días compartidos, una fragancia que se resiste a abandonar los muebles y el aire.
No hay lágrimas; lo que queda es una lucidez cortante.
Sabe perfectamente que la otra persona ha seguido adelante, que ahora habita una vida donde ella es apenas un eco, un nombre que quizás se menciona en voz baja o se evita por completo.
No se engaña. No espera un regreso triunfal ni un milagro que revierta el curso de las manecillas del reloj.
Su tormento no nace de la incertidumbre, sino de la convicción absoluta de que su capacidad de amar no ha disminuido ni un ápice.
Mientras contempla la oscuridad exterior, se pregunta si, en el silencio de alguna madrugada ajena, la otra persona sentirá un vacío repentino, una falta de aire que sea, en realidad, el eco de este amor que ella sigue profesando en soledad.
Para ella, este sentimiento no es un puente hacia ninguna parte, sino un refugio.
Ha aceptado la soledad como el precio por no traicionar lo que siente.
Cada día que pasa es un ejercicio de lealtad silenciosa.
Se ha convertido en la centinela de su propio afecto, una mujer que ha decidido que, aunque el mundo entero se desmorone, su amor permanecerá de pie, intacto, hasta que la vida misma se le escape.
Centinela del fuego
No hay vuelta atrás en esta torre alta,
ni dios que absuelva el pulso que persiste;
cuando la sombra de la noche asalta,
queda el amor intacto, fiel y triste.
Mirando luces que el cristal corona,
sabe que el tiempo ya no da clemencia;
y es su propia memoria la que dona
todo el valor sagrado a la ausencia.
Que siga el mundo su camino ciego,
que muerda el eco la distancia fría;
centinela del alma, cuido el fuego
de esta ley que me quema y que es la mía.