LA OFENSIVA DEL DESEO
La habitación no era un refugio; era una celda.
Las paredes blancas parecían estrecharse cada vez que el reloj de pared marcaba un minuto más, un segundo más de silencio absoluto.
Ella estaba de pie frente al ventanal, observando cómo la ciudad se encendía abajo, una red de luces que palpitaba con la energía de miles de vidas cruzándose.
—No —susurró, y el sonido de su propia voz le devolvió una chispa de cordura—. Me niego a dejar que este vacío se convierta en mi estado natural.
La soledad no le llegaba por falta de opciones, sino por falta de *esa* opción.
Se puso el abrigo con una brusquedad mecánica, casi violenta.
Cada movimiento era un acto de desafío. Se miró al espejo, no para buscar vanidad, sino para confirmar que la dueña de esos ojos todavía tenía la capacidad de incendiar cualquier habitación en la que entrara.
Salió al pasillo, sintiendo cómo el eco de sus tacones era el primer golpe de tambor de su propia rebelión.
La calle estaba fría, pero ella la sentía como un campo de batalla donde el premio era la única piel que le importaba tocar.
Entró en el primer lugar donde sabía que la música golpearía contra sus costillas, un local donde la penumbra y el humo eran el escenario perfecto para una cacería.
No buscaba una charla trivial. No buscaba pasar el tiempo.
Buscaba el impacto. La negativa a estar sola la había transformado: ahora era una fuerza centrípeta, una mujer que no esperaba a ser elegida, sino que avanzaba hacia el centro del salón con la absoluta certeza de que, antes del amanecer, esa soledad habría muerto bajo el peso de su propia determinación.
Cada persona que se cruzaba con su mirada sentía, instintivamente, que ella no estaba jugando; estaba reclamando lo que le pertenecía.
El asedio contra la sombra
La noche es un espejo que me quiere obligar,
a aceptar el frío, la sombra, la calma,
pero le he jurado a mis ganas ganar,
y arrancar de cuajo este hueco en el alma.
Me niego a la pausa, me niego a la espera,
a ser un fantasma que habita el desván,
si tengo este fuego, si esta piel es frontera,
será para otros los besos que se irán.
Voy por las calles, rompiendo el cristal,
buscando tu rastro, tu aroma, tu vicio,
me niego a este estado, a este mal inusual,
de no tener presa mi propio edificio.
No quiero estar sola, ni triste, ni ausente,
tengo derecho a esta vida que late,
te voy a encontrar, te haré mi presente,
y que el universo, por fin, se desate.