LA FIEBRE QUE NO BAJA
El apartamento se ha convertido en un laberinto de espejos y sombras. Cada rincón, cada mueble, cada sombra proyectada por la luz de la calle es un recordatorio de una postura, de una caricia, de un momento donde la piel de la otra quemaba sobre la suya.
Ella se desplaza por las habitaciones con una ansiedad eléctrica.
No busca nada en particular, pero todo lo toca con una desesperación creciente.
Al pasar los dedos por el borde de la cama, puede sentir todavía la fricción de sus manos contra el marco de madera.
Al cerrar los ojos, no ve rostros, ve texturas: la suavidad de su cuello, la firmeza de su espalda, la humedad de su boca sobre la suya.
—Pensar en ti... —repite, pero la frase ya no tiene la dulzura de la canción. Ahora es una sentencia. Cada vez que su mente intenta evadirse, el cuerpo le responde con un espasmo, un dolor sordo en el pecho que es, en realidad, el hambre de tenerla.
Se detiene frente a la ventana, observando el tráfico que fluye como un río de luz ajeno a su calvario.
La realidad le parece una ficción. La única verdad es el recuerdo carnal.
Intenta imaginar su vida sin ella, pero es como intentar borrar el oxígeno del aire.
La idea de "arrancarla" de su mente es, físicamente, arrancarse una parte de sus propios tejidos.
Empieza a caminar, su ritmo es errático, casi felino.
Se detiene ante el espejo y se observa. Sus ojos tienen esa intensidad de quien lleva demasiado tiempo sin dormir, de quien lleva demasiado tiempo tocándose a sí misma solo para recordar cómo era sentirse tocada por ella.
No hay suavidad en este deseo; hay una urgencia brutal.
Ella no quiere que la canción pare, ni quiere que el recuerdo se desvanezca.
Lo que quiere es que la ilusión se rompa y se convierta en carne.
Quiere sentir el peso de su cuerpo hundiéndose en el suyo, quiere sentir cómo el aire le falta, no por la ansiedad, sino por la presión de sus manos marcando su piel.
La obsesión ya no vive en el cerebro; ha bajado a las venas, se ha instalado en cada terminación nerviosa.
Es una fiebre que no baja, una temperatura que solo se iguala con otro cuerpo.
Presa entregada
No es solo el pensamiento que me habita,
es el mapa de fuego que tu piel trazó,
cada célula mía en silencio grita,
por el tacto que el tiempo no me perdonó.
Tu nombre es un grito pegado a mis labios,
una orden directa que el cuerpo obedece,
me hundo en deseos, me vuelvo un agravio,
mientras esta ansia en el pecho florece.
Si te pienso, te siento, te tengo, te invoco,
te vuelves la sangre que corre en mi vena,
y el mundo se apaga, me vuelvo una loca,
presa del vicio que tu ausencia encadena.
No es que te busque, es que ya no soy nada,
soy solo un cuerpo que quiere el tuyo al fin,
una llamarada, una presa entregada,
al rastro de acero de tu jardín.
LA COLISIÓN DE DOS MUNDOS
El local estaba lleno, pero para ellas, el espacio se había contraído hasta medir apenas los centímetros que las separaban. La música era un zumbido sordo contra sus oídos, una cortina de sonido que aislaba su burbuja de realidad del resto de los cuerpos que danzaban ajenos.
Ella sostenía la copa, pero no bebía. Sus ojos estaban fijos en la otra, midiendo la distancia, calculando el riesgo.
La tensión no era un hilo; era un cable de alta tensión que vibraba entre sus pechos.
Cuando la otra finalmente se acercó, invadiendo su espacio vital sin permiso, el aire pareció escasear.
No hubo palabras amables. El deseo entre mujeres, cuando se despoja de artificios, es una cuestión de gravedad: una tira de la otra con una fuerza que no deja alternativa.
—Luz verde —susurró la otra sobre su boca, casi un soplo caliente que recorrió toda su columna vertebral.
No fue un beso de cortesía; fue una toma de posesión.
La inercia se rompió. En un segundo, la prudencia que habían mantenido durante semanas se evaporó, sustituida por una urgencia mecánica, casi salvaje.
La forma en que sus manos se buscaron —no para acariciar, sino para aferrarse, para marcar territorio sobre la tela de la ropa— fue la señal de que ya no había vuelta atrás.
Al salir del local, el aire frío de la noche no calmó nada; al contrario, aceleró la necesidad.
Se movieron como si estuvieran sincronizadas por un pulso compartido, una velocidad que no admitía pausas ni preguntas.
En el taxi, en el ascensor, en el pasillo hacia el apartamento, cada roce era una fricción que encendía más el fuego.
No estaban intentando conocerse; estaban intentando anularse la una a la otra a través de la intensidad.
Cuando la puerta de la habitación se cerró tras ellas, el mundo exterior dejó de existir.
No había más decoro, no había más señales que el lenguaje de sus cuerpos reclamando lo que el "ayer" les había negado.
Era una inyección de amor, sí, pero también una demolición de todas las barreras que habían construido.
La embestida del avance
Se rompió el semáforo, el rojo claudica,
la noche nos brinda su mapa de asfalto,
tu cuerpo es la ruta que el instinto ratifica,
mi pulso se eleva, mi sangre da el salto.
A gran velocidad, sin frenos, sin puerto,
tu boca es la llama, mi boca el incendio,
dejamos el miedo en el patio desierto,
firmando el contrato, pagando el estipendio.
Es una embestida, es un choque de estrellas,
no buscamos caricias, buscamos el quiebre,
perdernos en redes, marcar las huellas,
mientras este avance nos sube la fiebre.
Que estallen los muros, que el mundo se apague,
que solo quede el rastro de nuestra colisión,
que el hambre nos llene, que el deseo nos fragüe,
y tú seas la dueña de mi perdición.