El amor es la única ley EL CERROJO DEL TIEMPO
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EL CERROJO DEL TIEMPO

Ella se quedó inmóvil, con la mano aún apoyada sobre el pomo de latón frío.

El eco de los pasos de la otra, alejándose por el pasillo y perdiéndose tras la pesada puerta de madera noble, era el sonido más definitivo que había escuchado jamás.

Cuando el pestillo saltó, el sonido no fue solo metal contra metal; fue el punto y final de una historia que había consumido cada fibra de su ser.

—La puerta se cerró —murmuró para sí misma, su voz apenas un hilo de aire en la inmensidad del vestíbulo—. Y sé que, aunque mi mano intente buscar el pomo mañana, esta puerta no volverá a abrirse.

Caminó hacia el centro de la sala, sintiendo cómo la casa, antes llena de calor y promesas, se transformaba en un mausoleo. La soledad no llegó de golpe; se filtró por las rendijas, instalándose a su lado como una sombra conocida, casi familiar.

—Después de ti, el mundo se detuvo —continuó, hablándole a las paredes vacías—.

Me dejaste el corazón herido, sí, pero lo que más duele es este mar de dudas, esta incertidumbre de no saber si alguna vez fui más que un pasaje en tu vida.

Te entregué lo que jamás había guardado para nadie.

Te di la llave de habitaciones que ni yo misma sabía que existían, y te fuiste, dejándolo todo marchito, como un jardín sin fin que nadie volvió a regar.

Se dejó caer en un sillón, observando la puerta cerrada. No había rabia en sus ojos, solo una aceptación gélida.

—El tiempo no perdona, dicen. Y es verdad.

El tiempo se ha encargado de sellar lo vivido, de convertirlo en un recuerdo que, cuanto más intento atrapar, más se desvanece en el eco.

Te buscaré en los sueños, seguramente, porque es el único lugar donde todavía tengo el derecho de encontrarte.

Pero aquí, en la realidad, el cerrojo ha caído.

Y el silencio, mi nueva amante, me acompañará el resto del camino.

El eco del cierre

Se cerró la puerta, el mundo se ha quedado mudo,

se ha sellado el umbral con un peso de olvido,

de todo el fuego que fuimos, hoy solo es escudo

este frío profundo que habita en lo que ha sido.

Tú te llevaste el sol, dejaste el jardín herido,

un mar de dudas que no sabe de orillas,

te entregué mis versos, mi centro, mi latido,

y hoy solo quedan sombras en mis rodillas.

El tiempo no perdona, el eco se desvanece,

la cerradura es un grito que no tiene retorno,

mi alma en el silencio lentamente perece,

buscándote en sueños, perdiéndome en tu entorno.

Se cerró la puerta, la llave está perdida,

y aunque el alma reclame lo que ya se ha ido,

esta soledad se vuelve mi única medida,

en el eco eterno de lo que no ha sido.