LA RENDICIÓN INCONDICIONAL
Ella estaba de pie junto al ventanal, con una copa de cristal olvidada entre los dedos.
Sus ojos, fijos en la oscuridad del jardín, no buscaban nada afuera; buscaban el eco de la otra dentro de su propia mente.
Había pasado tanto tiempo luchando contra esa marea, intentando convencerse de que podía ser dueña de su voluntad, pero al final del día, el resultado era siempre el mismo.
—Usted… —susurró, y la palabra le supo a confesión, a una verdad que ya no podía contener—. Usted es la culpable de todas mis angustias, de estos quebrantos que me despiertan a mitad de la noche. Me ha llenado la vida de inquietudes que me endulzan la sangre y de desencantos que me la envenenan.
Caminó hacia el centro de la estancia, donde la luz del fuego bañaba el suelo de madera. Se detuvo frente al sillón que la otra solía ocupar, rozando el respaldo con la punta de los dedos.
—Mil veces he intentado marcharme —continuó, hablándole al aire, a la ausencia que se sentía más sólida que cualquier presencia—.
Mil veces me he prometido que sería la última vez que me arrodillaría ante este sentimiento.
Pero al final, siempre vuelvo a caer aquí, a sus pies, sin dignidad, sin defensa, solo con el hambre de ser suya.
Usted se ha convertido en mi delirio, en mi alma y en la única canción que mi pecho sabe tararear.
Se dejó caer en el sillón, cerrando los ojos. El cansancio de la batalla interna la golpeó de lleno.
—Es irónico —dijo con una sonrisa triste, casi imperceptible—.
Paso horas preguntándome si usted siente siquiera una fracción de esto, o si soy solo un juego en su vida.
Pero, ¿qué importa? Ya es demasiado tarde para el orgullo.
Usted es mi vida, mi pasión, el centro de gravedad alrededor del cual gira todo mi mundo.
Si usted decidiera hoy que no me quiere, el mundo no se detendría, pero dejaría de tener color, de tener sonido, de tener sentido.
Ya no soy dueña de mis pasos; solo soy un reflejo de su voluntad.
Y aunque me duela, aunque me quiebre, me quedo aquí, esperando, deseando que, por un segundo, su mundo también sea yo.
La dueña de mi caos
Usted es la luz que me quema los ojos,
el centro absoluto, mi sol y mi calma,
la que escribe en mi piel con sus labios rojos,
la que tiene la llave que abre mi alma.
Mil veces el orgullo intentó su partida,
mil veces mi voluntad quiso el vuelo,
pero usted es el pulso de toda mi vida,
el único infierno, mi único cielo.
Soy su cautiva en este juego de sombras,
donde el dolor es un dulce quebranto,
usted me posee solo cuando me nombras,
y seca con besos el rastro del llanto.
¿Me querrá usted tanto como yo le entrego?
¿Será mi destino este amor tan profundo?
Solo sé que en sus manos me rindo y me niego,
porque usted es el centro de todo mi mundo.
LA HOGUERA AL FIN ENCENDIDA
La una observaba a la otra desde el otro lado de la habitación, con una calma que no conocía desde hacía años. No había rastro de la angustia que antes las definía; solo quedaba la certeza del fuego.
—¿Te das cuenta? —preguntó ella, rompiendo el silencio, con la voz clara—. Hace apenas unos días, mi vida eran solo sombras en esta pared. No tenía nada entre el cielo y la arena. Y ahora... siento que el viento finalmente sopló a nuestro favor.
La otra se acercó con una sonrisa lenta, desarmadora, y le tomó la mano, entrelazando sus dedos con una firmeza que prometía quedarse.
—No fue el viento, fuimos nosotras —respondió, dejando que su frente descansara contra la suya—. Dejamos de huir del fuego. Yo me moría por alguien como tú, alguien que no temiera quemarse.
—Es extraño —murmuró la primera, permitiendo que un suspiro de alivio escapara de sus labios—. Pasé tanto tiempo preguntándome si serías real o si solo eras un delirio en mitad de mi soledad. Y aquí estás, siendo fuego en mi piel, robándome el corazón sin siquiera pedir permiso.
—¿Y qué esperabas? —se burló suavemente la otra, trazando con el pulgar la línea de su mandíbula—.
Llegaste a mi mundo y no dejaste otra opción.
Eras una hoguera que yo necesitaba desesperadamente.
Nada tenía sentido hasta que apareciste, y ahora...
siento que todo lo anterior fue solo una preparación para este instante.
—Entonces no te sueltes —dijo ella, rodeando el cuello de su compañera con ambos brazos, atrayéndola hasta que no hubo más espacio entre sus cuerpos—.
Porque después de tanto buscar, después de tantas noches de dudas, finalmente he entendido que mi lugar es aquí, en esta hoguera que hemos encendido juntas.
Se besaron, y el beso ya no tuvo nada de desesperado ni de melancólico. Fue un beso de reconocimiento, de pertenencia, un sello sobre la piel que gritaba que, por fin, las dos habían dejado de estar perdidas.
La hoguera compartida
No había más que sombras, gris el horizonte,
una vida de arena que el viento desdibujaba,
pero llegaste tú, rompiendo aquel monte,
como el fuego nuevo que todo lo inundaba.
Alguien como tú, con beso de acero,
alguien como tú, que me enseña a vivir,
en esta hoguera donde yo me muero,
por tenerte cerca y no dejarte partir.
Ya no hay más dudas, el miedo se ha ido,
se ha vuelto ceniza lo que nos dolió,
todo lo que era un vacío perdido,
se vuelve latido al mirarte yo.
Compás de mis días, mi puerto y mi norte,
hoguera encendida de pasión y de luz,
que el mundo se acabe, que la vida soporte,
que nada nos rompe, ni sombra, ni cruz.