EL SOLILOQUIO DEL VACIO
Ella recorrió la estancia, sus pasos resonando contra la madera oscura.
No buscaba nada, pero sus manos no dejaban de tocar las superficies, como si intentara encontrar en ellas la calidez que faltaba.
Se detuvo frente al ventanal, observando el tráfico de los buques.
Había algo en esa inmensidad del agua que le recordaba a la distancia: fría, vasta, indiferente a su dolor.
—¿Qué será de mi vida?—se preguntó en voz alta, y su propia voz le pareció extraña, una intrusa en la habitación—.
Todo me habla de ti. Este libro que dejaste sobre la repisa, la marca de tu vaso en el mármol, el perfume que aún se aferra a las cortinas como un fantasma que se niega a marcharse.
Es una soledad tan fingida que casi parece una presencia.
Se sirvió otra copa, pero no bebió. La miró a través de la luz de la calle, que se filtraba por las persianas.
—Dicen que el tiempo es la cura para todo —continuó, hablándole a su propio reflejo en el cristal—.
Qué mentira tan piadosa. Porque el tiempo no cura, solo acumula.
Acumula los días que no te vi, las noches que pasé hablando con la oscuridad, los minutos que se estiran como chicle cuando intento imaginarte en otro lugar.
¿Por qué el destino es tan cruel? ¿Por qué tiene que ponernos este océano de distancia entre los labios?
Caminó hacia la cama y se dejó caer sobre ella. El edredón, aún con el leve rastro de su aroma, la envolvió. Cerró los ojos, intentando recrear el peso de su cuerpo sobre el suyo, la textura de su piel, el ritmo de su respiración sincronizada con la propia.
—Te extraño en el día, mientras intento mantener el orden en mi cabeza —dijo, ahora con una suavidad que dolía—, pero es al dormir cuando la derrota es total.
Cuando sueño contigo y el despertar es un cuchillo que me abre los ojos a esta realidad vacía.
Es una falta de aire... como si cada bocanada que doy fuera insuficiente.
Como si mi cuerpo supiera que no está completo si tú no ocupas este espacio.
Se puso en pie de golpe, una chispa de rabia mezclándose con la melancolía. Recorrió el estudio, abriendo cajones, buscando quién sabe qué, tal vez alguna nota, algún objeto, algo que le demostrara que todo esto era real y no una invención de su propia obsesión.
—¡Es que no tiene sentido! —exclamó, dirigiéndose a las sombras de la habitación—.
Tanto corazón, tantas palabras, tantos besos...
¿y ahora esto? ¿Este silencio que se ríe de mí?
Si el destino cree que voy a dejar que esto se apague, no me conoce.
Porque mi hambre de ti es más grande que cualquier kilómetro.
Mi necesidad es más vieja que esta distancia impuesta.
Si tengo que desgarrar el mapa para encontrarte, lo haré.
Porque no hay vida, no hay día, ni hay respiro que no sea una extensión de mi deseo por ti.
Se detuvo en medio de la sala, respirando agitadamente. El aire del puerto entró por una rendija del balcón, moviendo las cortinas. Por un instante, el silencio fue absoluto. Y en ese silencio, ella supo, con una claridad terrorífica, que no era una espera pasiva; era un acecho.
Te reclamo en la almohada
En esta soledad que me disfraza,
te busco en cada mueble, en cada rincón,
todo lo que toco se vuelve una brasa,
todo me recuerda tu misma canción.
¿Por qué el destino insiste en la distancia?
¿Por qué nos roba el aire y el aliento?
Tu ausencia tiene una cruel arrogancia,
que se burla de mi llanto en este momento.
Te extraño en el día, te reclamo en la almohada,
tu recuerdo es una herida que no sabe cerrar,
estoy entre sombras, estoy desolada,
buscando en tu nombre cómo volver a empezar.
Pero mi corazón, que es fuego y que es acero,
no se rinde ante el mapa ni ante la impiedad,
tengo tanto hambre de ti, que si muero,
lo haré buscando tu piel en la inmensidad.
Eres el norte, el río, el puerto prohibido,
la única nota que mi alma aún sabe entonar,
te espero, aunque el mundo esté ya perdido,
pues nadie te ama como yo, hasta el final.