EL DUELO DE VOLUNTADES
Se movían lentamente por el salón, lo suficientemente cerca para sentir el calor del cuerpo ajeno, pero manteniendo una distancia calculada, un juego de poder que ninguna quería romper primero. Ella detuvo el paso, obligando a la otra a enfrentarla bajo la luz fría de los cristales.
—He escuchado lo que dicen por ahí —dijo ella, con una media sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Dicen que yo soy demasiado para ti, o que tú tienes demasiado corazón para alguien como yo. Es un juego agotador, ¿no crees?
La otra dejó escapar una risa seca, sosteniéndole la mirada con una intensidad desafiante.
—Es un juego que tú misma empezaste —respondió, dando un paso que anuló el espacio entre ambas—.
Te gusta creer que el poder es mío, pero ambas sabemos que sufres cada vez que decides alejarte.
Tienes mucho corazón, es cierto, pero lo tienes prisionero detrás de una fachada de orgullo que te está asfixiando.
—¿Y tú? —replicó ella, bajando la voz hasta que solo pudieron escucharse la una a la otra—. Dices que no me quieres, que este vaivén es solo una costumbre, pero veo cómo me buscas cuando crees que no te observo. Es patético, ¿no? Nos estamos consumiendo en este ciclo de nunca acabar.
—Entonces, ¿qué hacemos? —la otra deslizó sus manos por los hombros de su pareja, un toque posesivo que reclamaba el control—. ¿Seguimos fingiendo que no nos necesitamos, o aceptamos de una vez que somos igual de tercas, igual de orgullosas e igual de adictas a este dolor?
No hubo más respuestas. Se atrajeron con una fuerza que hizo que sus cuerpos chocaran, un abrazo que era tanto una tregua como una declaración de guerra.
Sus labios se encontraron con una mezcla de furia y devoción.
Era un beso que sabía a desafío, una forma de decir que, aunque sus egos fueran enormes, su necesidad física era la única autoridad que reconocían.
Las manos se aferraron a las solapas de los trajes, desordenando la elegancia del momento, reclamando la piel que había estado negada durante horas.
En medio del salón vacío, rodeadas de lujos que no importaban, se entregaron a una pasión que era el resultado de tanto orgullo mal gestionado, una rendición absoluta que solo podía suceder cuando dos corazones tan grandes se reconocen finalmente como iguales.
El juego de las sombras
Dicen que el mío es poco, que el tuyo es un exceso,
que el orgullo es la medida de lo que nos damos,
pero se pierde la cordura al sentir el peso,
de este juego interminable en el que nos amamos.
Tú tienes el alma hecha de acero y de fuego,
yo tengo un pecho que guarda un latido tenaz,
nos buscamos en la sombra, nos perdemos en el juego,
buscando en la distancia una tregua, una paz.
Si dices que no sientes, si dices que te olvidas,
tu cuerpo me delata con cada movimiento,
somos dos fuerzas que cruzan sus heridas,
en este inmenso duelo que detiene el tiempo.
Mucho corazón para tan poca calma,
mucha soberbia para este amor tan profundo,
pero al final, cuando el deseo nos desarma,
tú eres mi cielo, mi centro y mi mundo.
Que el mundo nos juzgue, que hable lo que quiera,
nosotras sabemos que el orgullo es ceniza,
eres mi invierno y mi mejor primavera,
el único juego que al alma hechiza.