LA PROMESA DE LA CERCANÍA
La luz ámbar del atardecer bañaba sus rostros, creando un aura que borraba cualquier rastro de la amargura que la distancia les había dejado semanas atrás.
Una de ellas se apoyó contra el cristal, sintiendo el frío del vidrio contra su espalda, un contraste absoluto con el calor que le transmitía la mirada de la otra, que no se separaba de ella ni un instante.
—Mira la ciudad —murmuró, señalando las luces que empezaban a despertarse—. Se ve tan inmensa, tan llena de ruido. Y, sin embargo, aquí dentro, siento que el universo entero se ha reducido a este pequeño espacio que ocupamos.
La otra se acercó con pasos lentos, cargados de una elegancia magnética.
Se detuvo a su lado, lo suficientemente cerca para que el perfume de su piel se mezclara con el aroma del vino y el aire fresco de la tarde.
Con delicadeza, tomó la mano de su pareja y la colocó sobre su propio pecho, donde el corazón latía con una cadencia acelerada.
—¿Sientes eso? —preguntó en un susurro, mientras sus dedos acariciaban suavemente la nuca de la otra—.
Ese es el ruido del mundo al que intentamos escapar.
Pero cuando estoy así, contigo, el mundo calla.
No existe la distancia, no existe el horario, solo existe esta calma que me regalas al estar presente.
—Me aterraba pensar que este momento era solo una ilusión —confesó la primera, girándose para quedar frente a frente, rodeando su cintura con ambos brazos—. Pasé tantas noches imaginando cómo se sentiría tenerte realmente cerca, sin pantallas, sin voces mediadas por cables. Es abrumador.
—No es una ilusión —aseguró la otra, acercando sus labios a la comisura de sus labios, provocando que un suspiro profundo escapara de su pareja—.
Es nuestra realidad ahora. Y aunque mañana la vida nos obligue a movernos, a seguir nuestros caminos, ya nos hemos sellado.
Lo nuestro no es algo que se pierda con un viaje o con un cambio de ciudad.
Se besaron entonces, con una lentitud que denotaba una devoción absoluta.
Fue un beso romántico, cargado de promesas implícitas, donde la pasión se mezclaba con la ternura de quienes saben que se han encontrado tras una larga búsqueda.
Las manos recorrieron los cuerpos con reverencia, como si estuvieran memorizando cada contorno, asegurándose de que, si la distancia volviera a interponerse, el recuerdo físico fuera lo suficientemente intenso para mantenerlas unidas.
La noche cayó definitivamente, pero en esa suite, el tiempo simplemente dejó de importar.
La urdimbre del encuentro
Ya no hay distancia, ni reloj, ni invierno,
que nos separe bajo este cielo de luz,
tu piel es el refugio, el nexo eterno,
el único norte bajo el cual vivo yo y tú.
¿Qué importan las millas o el mapa trazado?
Si al cerrar los ojos te siento al respirar,
hemos borrado el tiempo que habíamos perdido,
y en este silencio, volvemos a empezar.
Cerca de ti, el mundo se hace pequeño,
se apagan los ruidos, se calma el mar,
eres mi único y más profundo sueño,
el sitio sagrado donde quiero descansar.
Y si el mundo mañana nos reclama distancia,
llevaré en mi sangre tu aliento y tu voz,
guardando de ti esta pura fragancia,
que nos hace, en el alma, ser solo las dos.