LA SINFONÍA DEL ENCUENTRO
Caminaban entre las plantas con la lentitud de quienes temen romper el hechizo.
El vapor que emanaba de la tierra se enredaba en sus ropas, y las luces de pequeñas farolas de hierro forjado dibujaban sombras románticas sobre sus rostros.
Se detuvieron junto a un banco de piedra cubierto de musgo, donde el aroma de las flores era casi abrumador.
—A veces me pregunto si este lugar es real —susurró ella, dejando que sus dedos rozaran la delicada seda de la otra—. O si simplemente he creado este refugio en mi mente porque no soporto la idea de estar en otro sitio que no sea contigo.
La otra la tomó de las manos, entrelazando sus dedos con una delicadeza infinita, casi reverencial. Sus ojos se encontraron, brillantes bajo la luz de la luna que se filtraba por el cristal.
—Si esto es un sueño, espero que nunca amanezca —respondió la otra, con una voz suave, cargada de una ternura que rara vez se permitían—.
He pasado días enteros escuchando nuestra canción, sintiendo que la distancia me robaba el oxígeno.
Pero ahora que estás aquí, el mundo exterior simplemente ha dejado de existir para mí.
¿Sientes cómo late el aire entre nosotras?
—Lo siento —admitió ella, acercándose hasta que sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra—. Siento que cada latido de mi corazón es un nombre que se repite en silencio. No hay un solo momento, ni siquiera en mis sueños más profundos, donde no te esté buscando.
La otra deslizó una mano hacia su nuca, acariciando su piel con una suavidad que prometía calma, pero que pronto encendió una hoguera de deseo.
—Entonces no busques más —dijo, antes de sellar la promesa con un beso tan lento y profundo que parecía una oración—. Estoy aquí. Y cada centímetro de este espacio es nuestro. Déjame demostrarte cuánto te he extrañado, déjame borrar la distancia con cada caricia.
El beso fue cambiando de ritmo, pasando de la ternura pura a una necesidad creciente.
Se dejaron caer sobre el banco de piedra, ignorando el frescor del musgo, guiadas solo por la urgencia de sentirse.
Sus manos se perdían bajo las telas, explorando con devoción, redescubriendo cada curva como si fuera un paisaje sagrado.
La noche era un manto protector y, entre orquídeas y sombras, se entregaron a una danza de amor donde el tiempo se detuvo, donde solo existían sus alientos entrelazados y la certeza absoluta de que, en la distancia o en la proximidad, el alma de una pertenecía indisolublemente a la otra.