EL RASTRO INDELEBLE
El silencio entre los estantes era tan profundo que se podía escuchar el latido de sus corazones.
Ella estaba apoyada contra una escalera de madera móvil, respirando con dificultad.
La otra se encontraba frente a ella, bloqueando cualquier ruta de escape, sus manos descansando sobre los hombros de su compañera, apretando con una firmeza que prometía no soltarla jamás.
—Es inútil que intentes convencerme de que podemos ser distantes —dijo ella, clavando sus ojos en los de la otra, con una mezcla de desafío y rendición—.
Cada vez que cierro los ojos, siento tus manos, siento la forma en que tu cuerpo se mueve contra el mío.
Es una obsesión que no me permite pensar en nada más.
La otra deslizó una mano hacia su nuca, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su cuello.
—No intento convencerte de nada —susurró con una voz ronca que pareció vibrar en las paredes de la estancia—.
Solo quiero que admitas que somos incapaces de ignorar esta gravedad.
Tus labios, tu piel... todo en ti es una firma que no se borra.
Me has hecho inolvidable cada centímetro de tu cuerpo para mí.
Las palabras fueron seguidas por un beso que no dio espacio a la duda.
Fue un choque de bocas que sabía a fuego y a posesión.
Las manos de una recorrieron la espalda de la otra con una urgencia eléctrica, desabrochando los botones de su ropa con movimientos torpes pero cargados de hambre.
El crujido de la madera bajo sus pies y el chisporroteo de la chimenea fueron los únicos testigos de cómo se despojaban de las barreras sociales, de la elegancia y de la contención.
Allí, entre los libros y las sombras, se entregaron a una carnalidad pura, donde cada toque de piel era un recordatorio de lo que se habían echado de menos.
La urgencia fue dictando el ritmo, un baile frenético y lleno de deseo que dejaba claro que no buscaban ternura, sino la confirmación física de que, sin importar lo que pasara mañana, esa noche estaban marcadas la una por la otra para siempre.
La firma en la piel
No es que te busque, es que mi piel te reclama,
como el hierro caliente que busca su molde en la ausencia,
eres la brasa que arde y que nunca se apaga,
la única sombra que habita en mi propia conciencia.
Tu rastro es un mapa de besos grabados a fuego,
una firma indeleble que el tiempo no sabe borrar,
te tomo, te siento, me pierdo en tu juego,
porque en este deseo, solo tú me puedes habitar.
Tus manos son letras que escriben sobre mis caderas,
tus labios, el sello de un pacto que no tiene fin,
somos el caos que rompe todas las barreras,
y el sexo, la fuerza que florece en este jardín.
Inolvidable el peso de tu cuerpo abrazando mi olvido,
inolvidable la forma en que logras hacerme temblar,
eres lo único real que jamás he tenido,
el único puerto donde me permito naufragar.