MÁSALLÁ DE LO QUE DECIMOS
Nos hemos pasado meses hablando de todo: del trabajo, del futuro, de lo que sentimos, de lo que nos asusta.
Pero hoy, en este silencio que se ha formado entre nosotras, las palabras han perdido todo su valor.
Te estoy mirando, y no estoy pensando en lo que vamos a hacer mañana; solo estoy pensando en lo cerca que estás y en la urgencia que tengo de borrar este último centímetro que nos separa.
Es una cuestión de piel. Lo siento en cómo te mueves, en cómo tus ojos oscurecen cuando me acerco y en cómo tu respiración se vuelve irregular cuando te toco el brazo.
Ya no es una conversación, es un lenguaje nuevo que estamos aprendiendo a hablar.
No hace falta que me digas nada, porque tu cuerpo ya me ha dado todas las respuestas que necesitaba.
Por fin, la teoría se queda atrás y solo queda el instinto, el tacto y la forma en que, al rozarnos, confirmamos que esto —esta atracción que nos consume— es lo único real que existe ahora mismo en este mundo.
El lenguaje que no miente
No hacen falta frases, ni grandes promesas,
ni buscar razones que no tienen fin,
se acaba el refugio, se caen las piezas,
cuando tus sentidos me dicen que sí.
Es cuestión de piel, de este roce constante,
de la electricidad que nos va devorando,
de ser, en la sombra, tu fiel navegante,
mientras los miedos se van apagando.
No importa lo que otros han dicho o planeado,
la física manda, el instinto decide,
este deseo que nos ha despertado,
es la única norma que el cuerpo nos pide.
Tu tacto es el mapa de un nuevo camino,
donde los labios no saben mentir,
es el choque exacto, el mejor destino,
que me hace, por fin, desearte vivir.
Que se calle el mundo, que pierda el sentido,
que hoy solo manda este mapa de piel,
donde cada parte que tú has encendido,
se vuelve mi gloria, mi propia miel.