LA CASA QUE YA NO ES NUESTRA
La cocina, antes el centro de gravedad donde planeábamos todo, ahora es un terreno neutral donde los silencios se alargan más de lo debido.
Preparas el café con una precisión metódica que no deja espacio para mi ayuda.
Te observo desde la puerta, midiendo cada uno de tus movimientos, buscando una señal, un rastro de esa complicidad que nos definía.
Pero tus gestos son mecánicos, eficientes, distantes.
Me pregunto en qué punto el amor dejó de ser un refugio para convertirse en un ejercicio de resistencia.
A veces me veo a mí misma analizando tus respuestas, esas frases cortas que lanzas al aire como si fueran granadas de humo para no tener que profundizar.
Me duele ver cómo te esfuerzas por parecer normal, por mantener las apariencias frente a los demás, mientras en la intimidad de este piso solo somos dos extrañas que comparten un pasado.
Me he preguntado mil veces si me amas y, lo que es peor, he empezado a preguntarme si yo misma me reconozco en esta versión de mí que espera, que tolera y que observa tu desinterés crecer como una enredadera.
Ya no son solo los momentos de silencio; es la forma en que evitas que nuestras miradas se sostengan demasiado tiempo, por si acaso descubro que, tras tus ojos, la mujer que conocí ya no está.
Es una agonía silenciosa, una erosión diaria que ocurre mientras dormimos en la misma cama, dándonos la espalda, separadas por un abismo de centímetros que parecen kilómetros.
La distancia de un suspiro
Hay una grieta en el aire que nos separa,
una pared invisible que has levantado,
te miro y busco la luz en tu cara,
pero solo encuentro el frío de lo guardado.
No es que peleemos, es que ya no hablamos,
es el murmullo de lo que ya no existe,
es este error en el que nos instalamos,
mientras se muere todo lo que fue triste.
¿Será que el mapa cambió de destino?
¿Será que el pulso ya no nos alcanza?
Me veo sola en medio del camino,
perdiendo el rastro de nuestra confianza.
Te mueves lento, como si pesara
cada palabra que me estás negando,
la duda es una brasa que me aclara
que ya no me ves, que te estás alejando.
No hace falta que grites la ausencia,
se nota en el modo de no sostener
la mirada que busca la coherencia
de lo que un día fuimos, al caer.
Es la rutina, el gesto, la costumbre,
la falta de brillo en tu manera de ser,
soy un naufragio bajo tu techumbre,
preguntándome, por fin, si ha de perder.
Todo este tiempo, toda esta espera,
muriendo poco a poco en el olvido,
será que no me amas, compañera,
o que este amor, simplemente, se ha ido.