EL PRECIO DE SER LA ÚLTIMA
Te observo desde la puerta, con esa elegancia gélida con la que te mueves por la casa.
Sabes que me tienes. Sabes que, aunque hoy te hayas marchado sin decir a dónde y me hayas dejado un vacío que me quema, en cuanto decidas regresar, volveré a abrirte la puerta.
No es falta de amor propio, aunque a veces lo parezca; es algo mucho más retorcido.
Es la certeza de que, aunque estoy perdiendo esta partida, no quiero jugarla con nadie más.
Me llamo a mí misma perdedora mientras cuento las horas que faltan para que tu nombre ilumine la pantalla de mi móvil.
Me duele ver cómo mis amigas me miran con lástima, cómo mis planes se disuelven para ajustarse a tu capricho, pero me resulta imposible romper el hilo invisible con el que me manejas.
Eres el centro de mi gravedad y, al mismo tiempo, la causa de mi desmoronamiento.
Me he convertido en una experta en perder: pierdo mi tiempo, pierdo mi calma y, día tras día, pierdo un poco más de mi propia identidad, solo por la esperanza absurda de que, en algún momento, me mires con la misma intensidad con la que yo te miro a ti.