EL ACECHO NOCTURNO
La ciudad de noche tiene un código propio, un lenguaje que se escribe con el parpadeo de las luces de neón sobre el asfalto mojado.
Entré al bar buscando refugio del ruido, pero me encontré con algo mucho más magnético.
Ella estaba allí, apoyada en la barra de mármol negro, con una copa que apenas rozaba, pero con la mirada fija en un punto inexistente hasta que mis pasos la obligaron a girarse.
No fue un movimiento rápido. Fue lento, calculado, casi como si el tiempo se hubiera estirado solo para dejar que sus ojos encontraran los míos.
Sus pupilas, inusualmente grandes, parecían absorber la escasa luz del local; eran verdaderas pupilas de gato, brillantes, dilatadas por algo que no era precisamente el alcohol.
Me acerqué sabiendo que estaba entrando en su territorio, una zona donde las reglas de la cortesía no se aplican.
Cada paso que daba hacia ella se sentía como una nota sostenida en una canción que nunca termina.
El murmullo de la gente a nuestro alrededor se convirtió en un ruido blanco, distante.
Cuando finalmente estuve a su lado, la temperatura parecía haber subido un par de grados.
Su perfume, una mezcla de tabaco caro y algo cítrico, me envolvió antes de que ella pronunciara palabra alguna.
—Has tardado —dijo con una voz baja que vibró en mi pecho más que en mis oídos.
No buscó mi validación, ni esperaba una excusa.
Simplemente dejó su copa sobre la barra y se giró totalmente hacia mí.
En ese momento, la pista de baile dejó de existir; solo estábamos nosotras dos en un radio de acción que ella misma había delimitado.
La electricidad que emanaba de su presencia no era un juego de seducción convencional; era una emboscada consentida.
Sabía, al igual que ella, que no saldríamos de allí de la misma manera en que entramos.
La noche se abría ante nosotras como una promesa que no requiere palabras, solo la voluntad de seguir el rastro.
Acecho
Hay un rastro de sombra en tu forma de mirar,
un brillo de azufre que se enciende al pasar,
tus pupilas de gato, dilatadas por el vicio,
me invitan a entrar en este oscuro beneficio.
La ciudad se congela cuando esquivas la luz,
buscando el ángulo exacto, llevando tu cruz,
con una calma que asusta, con un paso de seda,
mientras mi voluntad, ante ti, se enreda.
No hay ruidos, no hay voces, solo el pulso de la piel,
que se busca en la noche como busca la hiel,
te mueves sigilosa, con esa calma letal,
borrando los límites de lo que es natural.
Eres la dueña del silencio, del acecho,
con una garra suave que se clava en el pecho,
dos mujeres perdidas en este juego de azar,
donde gana la que sepa, sin miedo, atacar.
Deja que el neón se funda en nuestra intención,
que no hace falta hablar para entender la fricción,
en esta noche donde todo se vuelve felino,
tú eres mi rumbo, mi caza, mi único camino.
Que se rompa el cristal de lo que está prohibido,
en este encuentro de instinto y de olvido,
solo somos dos sombras que se quieren devorar,
bajo el manto de un cielo que no sabe esperar.
Abre la noche, que el acecho comience,
que este fuego nocturno por fin nos convence,
tú tienes la presa, y yo tengo el deseo,
y en este juego de sombras, es donde te veo.