HABITACIONES ESTANCAS
Es una danza silenciosa y agotadora. A veces, la veo de reojo mientras está frente al espejo del pasillo, y me pregunto en qué momento exacto dejamos de ser un "nosotras" para convertirnos en dos unidades aisladas.
Hay una desconexión que no se nota en los muebles, sino en la manera en que el aire se vuelve denso cuando coincidimos en el mismo espacio.
No hay gritos, no hay portazos, ni siquiera hay discusiones.
Eso es lo más desalentador. Si al menos estuviéramos peleando, significaría que todavía hay algo que nos importa lo suficiente como para arriesgar el equilibrio.
Pero no. Solo hay un desapego educado. Nos preguntamos cómo fue el día como si fuera un protocolo burocrático, esperando que la otra responda con un "bien" para poder volver a nuestras respectivas burbujas.
Estamos separadas, aunque estemos separadas solo por unos pocos metros de pasillo.
Y en este aislamiento, reconozco que la mayor tragedia no es que el amor se haya terminado, sino que nos hemos acostumbrado tanto a este vacío que, de alguna manera, nos resulta más cómodo que intentar reconstruir lo que ya ha dejado de encajar.
El idioma del silencio
Compartimos las llaves, el techo y la vida,
pero habitamos mundos que no se cruzan ya,
tú en tu orilla, yo en mi propia herida,
viendo cómo el tiempo se nos va y se va.
Ya no hay preguntas que esperen respuesta,
ni esa curiosidad que el alma buscaba,
somos dos islas en esta modesta
casa donde alguna vez la pasión reinaba.
Separadas por muros que el hábito ha erigido,
cada una en su sombra, cada una en su rincón,
es un lenguaje de gestos y de olvido,
que ha vaciado de contenido nuestra habitación.
No hace falta romper ni hacer ruido,
basta con este paso que no busca el encuentro,
con este desapego que se ha vuelto el sentido,
de lo que guardamos con tanto dolor dentro.
Que cada una siga su curso, su senda,
en esta separación que no necesita voz,
ya no hay nada que curar, ni nada que enmienda,
solo el silencio que nos separa a las dos.