EL MOVIMIENTO DE LAS PIEZAS
Has pasado semanas observándola desde la periferia, convencida de que el momento nunca es el adecuado.
La ves en la cafetería, en la fila del cine, o simplemente caminando por la misma calle que tú, y cada vez, el guion en tu cabeza se queda a medio escribir.
Te dices que es prudencia, que es esperar a la señal perfecta, pero en el fondo sabes que es miedo a que la respuesta no sea la que esperas.
Hoy has decidido cambiar la estrategia. Te has sentado en la mesa que da a la ventana, sabiendo que ella pasará por ahí a las seis, como siempre.
Ya no se trata de esperar a que el destino haga el trabajo sucio; se trata de mover tus propias piezas sobre el tablero.
Cuando la ves aparecer, no sientes ese pulso acelerado de los veinte años, sino algo mucho más sólido: una determinación tranquila.
No te escondes, no bajas la mirada. Cuando sus ojos se encuentran con los tuyos, no desvías la atención.
Es un mensaje silencioso, una invitación a dejar de lado la distancia que habéis mantenido por meses.
Notas cómo ella se detiene, cómo el ritmo de su caminata cambia al reconocerte.
No hay una gran fanfarria, pero el aire en la calle parece aclararse.
Te levantas, dejas un par de monedas en la mesa y sales a su encuentro.
Por fin, has dejado de buscar en el vacío y has empezado a buscar en la única dirección que tiene nombre y rostro.
La sensación es liberadora; ya no eres una espectadora de tu propio deseo, sino alguien que ha decidido, de una vez por todas, que si algo merece ser perseguido, es el valor de preguntarle, simplemente, si quiere caminar a tu lado.
El mapa de tu rastro
He dibujado tu ruta en mis silencios,
he trazado tu nombre en cada esquina,
esperando el momento, rompiendo los precios,
de esta espera que el alma me domina.
No es azar lo que me guía hacia tu huella,
ni es casualidad que mis pasos se equivoquen,
busco en el cielo tu luz, mi única estrella,
dejando que los muros por fin se desboquen.
Una mujer que busca, que se lanza a la vida,
que no teme el vacío ni el frío del rechazo,
es lo que soy, con la guardia caída,
esperando el momento de encontrar tu regazo.
No hay otro camino que el que lleva hacia ti,
ni otra brújula que marque mi destino,
te busco en la luz, te busco en el sí,
deshaciendo los nudos de nuestro camino.
Si el mundo es vasto y el tiempo es escaso,
me bastará un gesto, una sola mirada,
para que en el ritmo de nuestro paso,
encuentre al fin la vida que fue buscada.
LOS RESTOS DE UNA LEALTAD
Todavía encuentro objetos suyos en los rincones menos pensados: un libro que olvidó sobre la mesilla, una chaqueta que aún conserva su olor en el armario, una nota adhesiva en el espejo que ya no tiene sentido.
Durante años, la tuve como un ancla, segura de que, sin importar cuánto me alejara o cuántas veces decidiera poner distancia, ella estaría allí al volver.
Me acostumbré a su lealtad como quien se acostumbra al aire, sin notar su importancia hasta que empieza a faltar.
La vi hace unos días por casualidad. Iba caminando por la calle, con un paso firme y una expresión de serenidad que no le recordaba.
No se detuvo a buscarme con la mirada, ni mostró esa vacilación que solía caracterizarla cuando estábamos juntas.
Fue entonces cuando el impacto me llegó de golpe: no me estaba ignorando, simplemente ya no estaba buscando nada en mí.
El "sin condiciones" se había acabado porque ella, finalmente, había decidido ponerse a sí misma como prioridad.
Me quedé parada en la acera, viendo cómo se alejaba, y sentí un vacío que no tenía nombre.
No era solo nostalgia; era la vergüenza de haber desperdiciado una conexión que no requería artificios, solo presencia.
Fui yo quien construyó el muro de las distancias, y fui yo quien, con mi propia indiferencia, terminó por empujarla fuera de mi órbita.
Ahora, en el silencio de este apartamento que antes se sentía lleno, entiendo que la lealtad no es una línea de crédito infinita.
Se gasta, se agota y, sobre todo, se rompe cuando se trata como un derecho y no como el privilegio que siempre fue.
El inventario de lo perdido
He guardado en un cajón las sobras de esta historia,
los días que te di tan solo a medias,
repasando con dolor esta pobre memoria,
donde fuiste el sostén de mis tragedias.
Eras la luz que no pedía permiso,
la que estaba al llegar, la que no hacía preguntas,
y yo, jugando a ser dueña del aviso,
rompí las cuerdas de nuestras vidas juntas.
Me acostumbré a tu presencia, a tu calma,
a tenerte ahí como un bien infinito,
sin ver que iba gastando el alma,
en este orgullo tan estúpido y escrito.
Hoy te veo pasar, ya sin mi sombra,
con un andar que no me busca ni me nombra,
y entiendo al fin, en esta angustia que asombra,
que perdí lo único que el tiempo no me alfombra.
No hay vuelta atrás, ni excusas que te alcancen,
el cupo de tu entrega se ha agotado,
deja que otros caminos tus pasos balanceen,
mientras yo cargo con el peso de lo que he malgastado.