El amor es la única ley EL ÚLTIMO INTERROGATORIO
9%

EL ÚLTIMO INTERROGATORIO

El café estaba frío, formando una película opaca en la superficie.

Estábamos sentadas en una mesa pequeña, de esas que parecen diseñadas para que los secretos se filtren inevitablemente.

A nuestro alrededor, el murmullo de la gente seguía su curso, ajeno a que estábamos librando nuestra última batalla.

Ella evitaba mirarme, concentrada en el borde de su taza, mientras yo sentía una presión insoportable en el pecho, la misma que había llevado arrastrando toda la semana.

—Dímelo de una vez —dije, y mi voz sonó más tranquila de lo que esperaba—. No me importa si duele, lo que me mata es no saber qué parte de esto fue verdad y qué parte fue solo una actuación para no estar sola.

Ella levantó la mirada. Tenía los ojos cansados, despojados de esa intensidad que solía usar para manipular mis dudas. Guardó silencio por tanto tiempo que pensé que se levantaría y se iría, como tantas otras veces, dejando que la incertidumbre reinara. Pero esta vez no lo hizo.

—Si te digo la verdad —respondió al fin, su tono era plano, carente de esa dulzura que antes me engañaba—, te vas a dar cuenta de que ya no hay nada que rescatar.

Todo lo que creíste que era una traición, en realidad, fue una huida.

No quería lastimarte, quería dejar de sentir que te debía explicaciones por cada vez que necesitaba respirar.

Me reí, una risa seca, sin rastro de humor.

Ese era el fondo de la cuestión: mientras yo me consumía intentando entender si ella era la culpable o la víctima, ella simplemente se había desconectado para salvar su propia comodidad.

No había un "gran motivo", no había una conspiración.

Solo había una desconexión absoluta entre lo que yo estaba dispuesta a dar y lo que ella estaba dispuesta a reconocer.

El dolor de esa revelación fue el golpe final; la duda se desvaneció, pero lo que quedó en su lugar fue un vacío mucho más frío y definitivo.

El peso de la duda

He recorrido los mapas de tu silencio incierto,

buscando una señal, un rastro, una razón,

he navegado a ciegas en este mar desierto,

donde se ha vuelto escombro nuestra comunicación.

¿Fuiste tú quien rompió el cristal de nuestra espera,

o fui yo quien cargó con una culpa que no era mía?

Pregunto al aire frío, a esta desolación sincera,

que me devora el alma noche tras noche y día.

Te busco en los detalles, en la sombra de tus ojos,

tratando de encontrar la verdad en tu partida,

pero solo hallo el rastro de mis propios despojos,

y una duda que insiste en mantener la herida.

No importa si la culpa tiene un nombre o un dueño,

si fue tu indiferencia o fue mi exceso de lealtad,

el daño está hecho, se ha deshecho aquel sueño,

y solo queda el eco de esta amarga realidad.

Quédate con tus sombras, con tu verdad a medias,

yo me quedo con el peso de haber intentado entender,

prefiero esta herida que cierra en comedias,

a vivir atrapada en el miedo a perderte, otra vez.