El amor es la única ley EL ARCHIVO DE LO QUE FUIMOS
8%

EL ARCHIVO DE LO QUE FUIMOS

Encontré la caja al fondo del armario, debajo de una pila de abrigos que ya nadie usa.

Estaba llena de polaroids, la mayoría con los bordes amarillentos y la luz un poco quemada por el tiempo.

Me detuve en una en particular: ahí estábamos nosotras, hace años, cuando el mundo parecía un lugar mucho más pequeño y manejable.

Observé a la chica de la foto. No tenía esas ojeras que ahora me cuido de disimular ni esa mirada de sospecha que he ido desarrollando con los años.

Era tan evidente cómo nos mirábamos entonces, con esa mezcla de fascinación y falta de miedo.

Me tomó un rato entender que la persona de la imagen no era una extraña; éramos nosotras, en ese momento exacto en que aprendimos que el amor podía ser una fuerza capaz de cambiar la dirección de nuestra existencia.

Pasé el dedo por la superficie de la imagen, como si pudiera sentir el calor de aquel verano.

Se veía tan simple: éramos dos personas descubriéndose mutuamente, sin el equipaje de los errores, sin las cicatrices de las despedidas.

Era una mirada que buscaba respuestas en la otra, como si la otra fuera el único espejo donde valía la pena mirarse.

Ahora, viéndola desde la distancia de la madurez, esa foto no solo me devuelve el recuerdo de nuestra juventud; me devuelve la prueba de que, aunque el tiempo haya intentado borrar las líneas de lo que fuimos, hubo un instante, una temporada, en la que fuimos dueñas de una verdad absoluta.

Guardé la foto en el bolsillo del pantalón, sintiendo que, después de tanto tiempo, finalmente habíamos regresado al punto donde todo tuvo sentido.

El rastro en la luz sepia

Había una magia que el tiempo no ha podido profanar,

oculta en los rincones de una caja llena de ayer,

un rastro de luz que me obliga a recordar,

a aquella chica que fuiste antes de empezar a vencer.

Eras un lienzo en blanco, una promesa al viento,

con los ojos abiertos a todo lo que estaba por llegar,

y yo me perdía en cada pequeño momento,

en ese modo tan tuyo de aprender a caminar.

No había miedos, ni muros, ni sombras cansadas,

solo esa urgencia de ser lo que el alma pedía,

tú eras el centro, la brújula de mis jornadas,

la que le daba color a mi gris monarquía.

Hoy, al ver el papel que el sol ha desgastado,

vuelvo a sentir el pulso de aquel primer incendio,

todo lo que fuimos, todo lo que ha quedado,

se vuelve un refugio, un eterno compendio.

No éramos grandes, ni sabias, ni fuertes,

éramos solo un par de náufragas en el azar,

buscando en la otra las mejores suertes,

aprendiendo que el amor es el único lugar.