El amor es la única ley EL CENTRO DE GRAVEDAD
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EL CENTRO DE GRAVEDAD

Habíamos pasado la semana rodeadas de gente, en reuniones de trabajo y cenas sociales donde el ruido nunca cesaba.

Era esa clase de vida que agota, donde cada interacción requiere una máscara.

Cuando finalmente conseguimos cerrar la puerta de mi apartamento, el silencio fue casi físico, un alivio que nos golpeó a ambas.

Ella se dejó caer en el sofá, desabrochándose los zapatos, mientras yo observaba cómo el caos del exterior simplemente se borraba al entrar ella.

Me acerqué y me senté a su lado. Durante años, me había esforzado por ser autosuficiente, por creer que mi mundo estaba completo sin depender de nadie, pero viéndola ahí, me resultó absurdo seguir fingiendo.

—A veces me pregunto cómo es posible —dije, casi para mí misma—. Hay tanta gente ahí fuera, tantas historias cruzándose cada segundo, y aun así, es como si todo lo demás se hubiera vuelto transparente.

El filtro del mundo

Hay una multitud que grita su nombre allá afuera,

un mar de opciones que intentan ganar mi atención,

pero el resto del mundo es apenas una espera,

una sombra que se pierde en la periferia de la razón.

No es que me niegue a ver lo que el destino ofrece,

ni que ignore el brillo de otros horizontes,

es que todo se apaga cuando tu esencia aparece,

y se borran los mapas de todos los montes.

Me he vuelto experta en ignorar el ruido,

en filtrar los rostros que no llevan tu luz,

es un camino extraño, un territorio conocido,

donde solo tú sostienes la fuerza de esta cruz.

No busco entender por qué todo se reduce,

por qué el universo entero se filtra por tu piel,

me basta con ver cómo tu presencia me induce,

a que el resto del mundo me sepa a papel.

Contigo la vida cobra un peso distinto,

una precisión que me quita el miedo a perder,

es solo tú, por encima de cualquier instinto,

lo único que importa, lo único que quiero ver.