El amor es la única ley EL PESO DE LO QUE ROMPÍ
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EL PESO DE LO QUE ROMPÍ

El silencio en el apartamento era tan absoluto que podía escuchar mi propia respiración, un sonido que me resultaba ajeno y pesado.

Estaba sentada en el borde de la cama, observando las maletas que ella apenas había empezado a cerrar antes de detenerse, como si hubiera perdido la voluntad de irse.

Me di cuenta entonces de que mi orgullo no era una forma de protección, sino una herramienta de demolición.

Me había pasado meses levantando muros, lanzando palabras que sabía que dolían, buscando siempre el error en ella para no tener que mirar el desastre que yo misma había creado.

Me levanté y caminé hacia la sala, donde ella estaba de espaldas, mirando la ciudad a través de los cristales.

La vi tensarse al notar mi presencia, y por un momento, el viejo impulso de justificarme, de girar la culpa hacia afuera, volvió a palpitar en mis sienes.

Lo contuve. Por primera vez, decidí no luchar, no ganar, no tener la razón.

Me acerqué, pero mantuve la distancia justa para no invadirla.

"Perdóname", dije. La palabra sonó pequeña, insuficiente, casi ridícula frente a todo lo que habíamos desgastado, pero fue lo más honesto que había salido de mis labios en años.

No pedía que me disculpara por lo que ella hizo, sino por la frialdad que yo sembré, por haber preferido mi ego antes que nuestra paz.

Ella no se giró inmediatamente, pero el modo en que dejó caer los hombros me dio la respuesta más clara: el primer paso para reconstruir algo no es decir "te quiero", sino aceptar que una es la responsable de haberlo roto.

La grieta en la armadura

He construido muros con piedras de silencio,

he puesto el ego arriba, como un altar de sal,

y he dejado que el orgullo, con su lento comienzo,

fuera dictando el pulso de nuestro mal final.

Perdóname el exceso de querer tener la razón,

la frialdad de mi pecho cuando me buscabas,

perdóname el cerrar la puerta y la intención,

y todas las batallas que en sombras tú ganabas.

No es falta de memoria lo que hoy me ha traído,

es la cruda certeza de haberlo destruido,

el ver que en mi armadura, de tanto haber herido,

se ha abierto una grieta que ya no tiene olvido.

Reconozco mis sombras, mis pasos mal dados,

mi forma de esquivar el peso del abrazo,

perdóname los días, los meses, los estados,

en los que mi indiferencia fue siempre el garrotazo.

No pido que borres lo que el tiempo ha marcado,

ni que el daño se vuelva una simple quimera,

solo quiero que aceptes, de este modo entregado,

que soy yo la culpable de que hoy no sea primavera.

Dime si hay algún resto, alguna luz encendida,

entre tanto escombro de lo que fue nuestra historia,

porque prefiero el riesgo de una nueva herida,

a quedarme en el centro de esta triste victoria.