El amor es la única ley EL CAMBIO DE LUZ
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EL CAMBIO DE LUZ

Pasé los últimos tres meses moviéndome por la casa con una desgana que ya me resultaba familiar, casi cómoda.

Era una existencia reducida a lo estrictamente necesario: café, trabajo, silencio.

Las paredes parecían haberse cerrado un par de centímetros hacia adentro, y la luz que entraba por la ventana ya no era claridad, sino una forma distinta de sombra.

No es que estuviera triste; simplemente estaba apagada, como si hubiera pulsado un interruptor interno que no sabía cómo volver a activar.

Todo cambió el martes pasado, cuando ella simplemente apareció.

No hubo grandes anuncios, ni promesas de salvación, solo su presencia en el umbral de la puerta, con esa manera suya de ocupar el espacio como si tuviera derecho a todo.

Se quitó el abrigo y empezó a moverse por la cocina con una naturalidad que me resultó ofensiva al principio, y luego, profundamente necesaria.

Observé cómo sus manos organizaban los objetos que yo había dejado abandonados durante semanas, cómo abría las cortinas de golpe, dejando que el sol —ese sol real, sin filtros de polvo ni de desánimo— inundara cada rincón de la sala.

Se sentó frente a mí y, sin decir palabra, esperó a que yo dejara de sostener la taza con tanta fuerza.

Ese gesto —la espera paciente, sin presiones— fue lo que terminó por desarmarme.

Me di cuenta entonces de que me había acostumbrado a vivir en la penumbra, creyendo que era mi estado natural.

Al ver cómo ella se reía de algo insignificante, noté cómo el nudo en mi pecho, ese que había olvidado que estaba ahí, se deshacía.

No me dio una lección de vida, ni me forzó a cambiar; simplemente, al estar ahí, hizo que la oscuridad pareciera una elección y no un destino.

Por primera vez en mucho tiempo, el aire en la habitación no pesaba.

Respiré, y por fin, el oxígeno supo a algo parecido a la posibilidad de empezar de nuevo.

El fin de la tregua gris

Se deshizo la niebla que habitaba el pasillo,

la pausa que impuse al latido del día,

llegaste tú, rompiendo mi exilio,

con esa calma extraña que al fin me guiaría.

Ya no hay invierno en estos rincones,

ni paredes que guarden el polvo del miedo,

has cambiado el orden de mis direcciones,

enseñándome a caminar, dándome el ruedo.

Era un refugio de sombras mi estancia,

un pacto de silencio con la propia soledad,

hasta que tu voz midió la distancia

y le devolvió el color a esta realidad.

No sé qué traes en el fondo de tu mirada,

ni por qué tu risa limpia tanto desamor,

pero me siento, por fin, deshabitada,

de esa tristeza muda que nublaba mi interior.

Que el mundo siga su curso acelerado,

que afuera se agote la luz y el vaivén,

aquí me quedo, en el centro rescatado,

donde tu presencia es el único bien.

Ya no busco la causa, ni la respuesta,

ni el porqué de esta luz que ha vuelto a brotar,

me basta con ver que la vida es esta:

dos mujeres, un nuevo cielo, y el tiempo a empezar.