EL MERIDIANO DE LA PIEL
El aire se había vuelto denso, casi líquido, bajo el peso de un mediodía que no daba tregua.
Estaban tumbadas en la arena, ignorando el ruido de la orilla, atrapadas en ese espacio donde el tiempo se dilata hasta hacerse insoportable.
Ella observaba a su compañera: el brillo del salitre sobre sus hombros, el modo en que cerraba los ojos para refugiarse de la luz cenital, y sintió cómo la temperatura, que ya era alta, alcanzaba un punto de ebullición absoluto.
Era una coreografía de silencios. No hacía falta decir nada; el calor les dictaba el ritmo.
"Cuando calienta el sol", pensó, y la frase no era una canción, era una realidad física.
La arena quemaba, el aire quemaba, y ese deseo acumulado durante meses terminaba por romperse.
Se movió apenas unos centímetros, lo suficiente para que sus pieles se encontraran, un contacto eléctrico que hizo que el resto del mundo desapareciera.
Ya no había mar, ni verano, ni gente; solo ese refugio privado construido en el centro del calor, donde el único idioma permitido era la intensidad de una entrega que no buscaba futuro, solo el presente absoluto de estar ahí, fundiéndose bajo el sol.
El incendio del verano
Cuando el sol en la arena se vuelve un lamento,
y el calor se hace dueño de toda la piel,
busco el rastro de tu alma en este momento,
donde el fuego es un pacto y la calma es de miel.
Es el sol que calienta, es el sol que me abraza,
pero es más tu mirada la que enciende el cristal,
toda lógica interna en tus manos se aplaza,
y nos hundimos juntas en este vendaval.
No hay ayer, ni mañana, solo este sol ardiente,
que nos dicta el deseo, que nos quita el pudor,
eres tú la marea, la sombra incandescente,
la única medida de este inmenso calor.
Que se pierda el verano, que se apague el día,
que el sol se oculte tras el horizonte final,
siempre que en tu entrega, que es toda mi guía,
yo encuentre el alivio de este sol colosal.