El amor es la única ley EL PESO DE LA TENSIÓN
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EL PESO DE LA TENSIÓN

El silencio no siempre es calma; a veces es una pared que levantas para que el otro no vea lo que estás pensando.

Están cenando, o al menos eso parece, pero los cubiertos golpeando contra la porcelana suenan como disparos en una habitación donde nadie se atreve a abrir la boca.

Ella observa a la otra mujer frente a ella: está ahí, pero su mirada está perdida en algún punto del mantel, evitando cualquier contacto que pueda encender la chispa de una discusión que llevan semanas postergando.

La tensión es una sustancia espesa que flota en el aire, volviéndose cada vez más difícil de respirar.

Cada vez que una de las dos intenta moverse, el crujido de la silla parece una declaración de guerra.

No se dicen nada porque, en este punto, cualquier palabra sería una daga.

Lo que están haciendo es un ejercicio de supervivencia: pretender que el otro no sabe lo que está pensando, aunque la verdad esté gritando en el centro de la mesa.

El "sin hablar" aquí no es complicidad, es una tregua armada.

Ambas saben que, en cuanto alguien se atreva a romper el hielo, todo lo que han estado ocultando bajo esa máscara de cortesía va a explotar, y ninguna de las dos está lista para recoger los cristales rotos después.

Lo que nos callamos

Las palabras se han quedado atrapadas en la garganta,

formando un nudo que cada hora aprieta más,

nos miramos de lejos, con la guardia siempre alta,

en esta casa donde el miedo ocupa nuestro lugar.

Tú sabes lo que pienso, yo intuyo lo que ocultas,

pero el silencio es el muro que decidimos levantar,

jugamos a la farsa, a estas vidas tan abruptas,

donde es más fácil morir calladas que empezar a hablar.

Ni el aire nos roza, ni nos buscamos en la sombra,

somos dos extrañas compartiendo el mismo techo,

dejando que el rencor, con su veneno, nos asombre,

mientras nos pudrimos por dentro, golpeándonos el pecho.

EL INVENTARIO DEL VACÍO

La habitación conserva todavía el rastro de lo que ocurrió allí, aunque ya no haya nadie para contarlo.

Hay una maleta abierta sobre la cama, a medio vaciar, con un puñado de prendas que se quedaron atrás porque ya no valía la pena el esfuerzo de cargarlas.

Sobre la mesilla, un vaso olvidado tiene una mancha de café reseca en el fondo, y el aire es pesado, estancado, con ese olor característico a encierro y a cosas que han dejado de ser útiles.

En el suelo, algunas revistas esparcidas y un par de papeles arrugados son los únicos testigos de que, hace apenas unas horas, el ritmo de aquel lugar era otro, mucho más errático, ruidoso y tenso.

Ahora, el silencio es la única presencia.

No es una ausencia pacífica; es una ausencia que pesa, que se nota en cada esquina del piso, en el modo en que la luz se filtra por la persiana a medio bajar.

El tiempo parece haberse estancado. Las paredes, desnudas de cuadros y de marcas, parecen observar con indiferencia el caos que ha quedado atrás.

La puerta está entreabierta, permitiendo que un hilo de aire frío recorra la estancia, barriendo el polvo que se acumula en los rincones y moviendo, con un chirrido metálico, un trozo de papel que se desliza por el suelo hasta detenerse en el umbral.

Ya no hay intención de arreglar nada, ni de recoger, ni de volver a colocar las cosas en su sitio.

El ciclo se ha cerrado por puro agotamiento; los objetos han perdido su contexto y la estancia ha vuelto a ser, como al principio, solo un contenedor de paredes frías.

Se puede sentir cómo la energía del lugar se ha ido disipando, dejando solo el cascarón de lo que alguna vez significó algo.

El vacío no es un problema que deba resolverse, es simplemente el estado natural de las cosas cuando la energía que las mantenía vivas decide marcharse, dejando tras de sí un inventario de sobras que ya no le pertenecen a nadie.

El espacio sobrante

La estancia se queda quieta, sin el pulso de los días,

con los objetos mudos que ya no tienen nombre,

el desorden se asienta en estas geografías,

donde el eco de la nada comienza a ser el hombre.

La puerta abierta ofrece una salida al olvido,

una corriente de aire que arrastra el residuo final,

no hay nada que recoger, ni rastro del latido,

solo el peso de lo que fue, convertido en cristal.

El tiempo ha dejado de pasar entre los muebles,

el vacío ha ocupado cada rincón de esta pared,

todo lo que era urgente se ha vuelto algo deleznable,

una sed que no calma, una lógica sin red.

Ya no queda el intento de volver a empezar,

el cierre es la norma, la calma del adiós,

aquí queda el despojo, listo para marcharse,

cuando lo que llenaba el espacio, simplemente se perdió.

El polvo ya cubre los sitios donde hubo contacto,

la luz se hace extraña al no hallar dónde reposar,

se rompe el último rastro, se cancela el pacto,

y esta casa cansada se entrega, por fin, a dejar de esperar.

Ya no se escucha el rumor de la calle lejana,

el silencio es un bloque que impide respirar,

se apaga el último resto de esa luz temprana,

y no queda otra opción que el vacío habitar.