El amor es la única ley EL RASTRO DEL ABANDONO
1%
El amor es la única ley

El amor es la única ley

Por Omayra Platas

© inepub.com

EL RASTRO DEL ABANDONO

A ti

Porque esta novela lleva mi nombre, pero una parte de ella también lleva el latido silencioso del tuyo.

Gracias por haber estado a mi lado en cada página, por leerme con paciencia infinita, por corregirme con ternura, por señalarme aquello que podía mejorar sin hacerme sentir pequeña, y sobre todo, por creer en mí incluso en los días en los que yo misma me perdía.

Gracias por tu paciencia cuando las palabras se escondían, por tus consejos que siempre llegaban en el momento justo, por cada corrección hecha con cariño, y por acompañarme en este camino que tantas veces se sintió largo, difícil… pero nunca solitario.

Escribir esta historia ha sido un sueño, pero vivirlo contigo a mi lado lo convirtió en algo mucho más profundo: en un refugio, en una certeza, en un lugar al que siempre podía volver.

Quizá cuando alguien lea este libro solo vea mi nombre en la portada. Pero yo sé que entre líneas, en los silencios y en las partes que más duelen o más brillan, también estás tú.

Gracias por formar parte de mi historia, por sostenerme cuando me temblaban las ganas, y por ayudarme a transformar una historia que vivía en mi cabeza en un libro que ahora puedo sostener entre mis manos… y compartir con el mundo.

Te quiero.

A mi hijo

Y a ti, mi niño, que eres mi razón más pura y mi alegría más grande.

Gracias por existir, por iluminar mis días incluso cuando estaban nublados, por recordarme con tu sola presencia lo que de verdad importa en la vida. Este libro también es tuyo, porque en cada palabra hay un pedacito del amor inmenso que siento por ti.

Ojalá algún día lo leas y entiendas que todo lo que hago, todo lo que sueño y todo lo que escribo, también lleva tu nombre escondido entre las letras.

Te amo con todo mi corazón.

EL RASTRO DEL ABANDONO

La casa ya no es un hogar, sino un depósito de objetos que han perdido su propósito.

En el centro de la sala, el silencio se ha vuelto una presencia física, pesada y densa, que se acomoda en los rincones donde antes solían reír.

Ella recorre el espacio con una lentitud impropia de su naturaleza; cada paso sobre la madera vieja parece un intento de medir la magnitud de la pérdida.

No hay rastro de una pelea reciente, solo la frialdad de lo que se ha ido.

El aire huele a vacío, a la ausencia del perfume que solía quedar impregnado en las cortinas, a esa cotidianidad que fue succionada por una puerta que se cerró sin previo aviso.

Ella se detiene frente a la ventana y observa la calle, donde el mundo sigue su curso ajeno a la implosión que ha ocurrido tras esos muros.

La luz de la tarde, que antes bañaba la habitación con calidez, ahora solo sirve para delinear las sombras de los muebles que han quedado huérfanos de su otra mitad.

Es un inventario de la soledad, una escena donde lo único que permanece firme es la incapacidad de comprender cómo un universo compartido puede colapsar en un segundo, dejando solo el eco de unos pasos que ya no volverán.

La brújula rota

Todo se ha vuelto una ceniza lenta,

una página en blanco donde escribí tu nombre,

un mapa que ya no sabe hacia dónde dirigir los pies

porque la brújula se rompió con tu partida.

El aire pesa el doble al recorrer este pasillo,

donde cada sombra que proyecta la pared

tiene la forma exacta de lo que fuimos.

Ya no hay voz que rompa este cristal,

ya no hay roce que despierte la calma,

solo este vacío que se expande, incontenible,

devorando los restos de un amor que ayer, todavía, creía que era eterno.

EL PESO DE LA PROMESA

Ella sigue caminando por las mismas calles de siempre.

No es que quiera ir a ningún lado, es que sus pies no conocen otro camino.

Pasa por delante del café donde solían quedarse horas mirando a la gente pasar, y se le agarrota el pecho.

Todavía le parece que va a verla ahí sentada, con la misma chaqueta de lana y esa forma de revolver el azúcar que siempre le daba nervios.

El problema no es que ella no esté, el problema es que todo sigue igual.

Los mismos adoquines, la misma luz de la tarde que se cuela entre los edificios, el mismo ruido de los coches.

Es como si el mundo se hubiera negado a darse cuenta de que, para ella, el tiempo se detuvo el día que las cosas se rompieron.

Se mete las manos en los bolsillos del abrigo y aprieta los puños.

Se siente ridícula, como si estuviera esperando una señal en medio de la rutina de un martes cualquiera.

Se prometieron que esto duraría, que pasara lo que pasara, iban a ser ellas contra todo.

Y ahora, cuando llega a casa y abre la puerta, el silencio le cae encima como un bloque de hormigón.

Se tumba en la cama y mira el techo, esperando que el sueño llegue para no tener que pensar en cómo le quema el recuerdo.

Es una lealtad que no le sirve de nada, una promesa que le hace daño, pero no sabe cómo dejar de cumplirla.

Sigue queriéndola, ahí está el problema.

A pesar de todo, sigue buscándola en los rincones de la casa, incluso sabiendo que no va a encontrar más que el vacío que ella dejó al irse.

Lo que prometí

Prometí que te quería

y aquí sigo,

arrastrando el peso de esta palabra

que ya no tiene a quién abrazar.

Cruzo las esquinas donde nos reímos

y las esquinas donde nos hicimos daño,

todo tiene el mismo color de ceniza.

Busco tu aliento en el lado vacío de la almohada

y me encuentro con el frío del invierno,

ese frío que no se quita ni durmiendo.

Si el cielo se vuelve negro

y todo lo que creímos se deshace,

aquí me quedo,

guardando el rastro de lo que fuimos,

porque mi palabra de honor

es el único lazo que me une a la vida,

aunque solo sea para recordar

que alguna vez,

antes de este desastre,

fui tuya y fuiste mía.

EL ULTIMO CIERRE

Hay días en los que el aire simplemente no alcanza.

Ella está sentada en el borde de la cama, mirando cómo la luz del sol se filtra por la persiana, proyectando líneas que cortan la habitación en pedazos.

Ya no hay gritos, ni discusiones, ni reproches; el agotamiento ha ganado la batalla.

Se ha dado cuenta de que insistir es solo prolongar la agonía, es intentar revivir algo que ya hace tiempo que dejó de latir.

Se levanta y empieza a caminar por la casa, pasando la mano por las estanterías, por los libros que dejaron a medias, por los rincones que ya no le pertenecen.

Cada objeto que toca es un recordatorio de que intentó hacer que esto funcionara hasta que el cuerpo le dijo basta.

No se trata de odio, ni siquiera de despecho; es, sencillamente, que ya no puede más.

La decisión de cerrar la ventana, de no querer saber nada más, no nace de la crueldad, sino de la necesidad más básica de sobrevivir.

Se mira en el espejo del pasillo y ve a alguien que ya no reconoce, alguien que ha desgastado sus fuerzas en una causa perdida.

Entiende entonces que marcharse no es rendirse, es salvar lo poco que le queda de cordura.

Punto final

Ya no quedan excusas que sirvan de abrigo,

ni palabras que puedan remendar este desastre,

he agotado el tiempo que me quedaba contigo

y ya no sé cómo hacer para no buscarte.

Mejor cerrar la puerta, mejor no mirar atrás,

dejar que el silencio se encargue de lo nuestro,

porque lo que fue amor, hoy solo es un disfraz

que esconde el vacío de lo que ya no demuestro.

No intentes explicarme lo que ya está roto,

el invierno se ha instalado donde antes había sol,

y este dolor que cargo, ya no es sino un voto

de que he aprendido a sobrevivir a nuestro adiós.